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EL PECADO DE MAQUIAVELO
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- Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos
“¿Cuál fue el pecado de Maquiavelo al decir que es mejor obrar y arrepentirse, que no obrar y arrepentirse? Todas sus propuestas y descripciones no surgieron de la imaginación o inventiva, sino de la observación de la conducta humana. Y las expresiones de que el hombre busca y retiene el poder con todos los recursos disponibles es lo que estudió en la historia”

¿Por qué cuando escuchamos el nombre de Nicolás Maquiavelo, se nos enchina la epidermis, nos imaginamos de inmediato a un personaje malévolo, casi con cuernos y tridente y hacemos la señal de la cruz?

Cada vez que decimos o escuchamos la palabra maquiavélico evocamos a una persona perversa y manipuladora que trama cómo hacer un daño o arruinar la vida de los demás.

Uno de los biógrafos más conocidos de Nicolás Maquiavelo (VIROLI, 2000) intentó describir el rostro del filósofo italiano al calificarlo de burlón, irreverente, dotado de una sutilísima inteligencia, poco preocupado por el alma, la vida eterna, el pecado y fascinado por las cosas y hombres dotados de grandeza.

Han pasado más de 5 siglos que escribió El Príncipe, y hasta nuestros días, es el libro de cabecera de líderes, presidentes, jefes, o directivos de cualquier agrupación económica, política o social que lo utilizan como manual de campaña o de gobierno.

El dominio de los demás es la fascinación del poder, según Maquiavelo. Controlar a los demás, imponer la voluntad nuestra e influir en los demás son de las pasiones más fuertes de los seres humanos. Sin embargo, se guardan las apariencias, se edifica una imagen distinta a la real para suplantarla por una máscara, según lo anotaba el italiano, a quien ahora se le considera como el fundador de la comunicación política moderna por proponer la creación de una imagen para transitar por la vida.

Maquiavelo retrató de cuerpo entero, por dentro y por fuera, a los hombres como seres ingratos, frívolos, mentirosos y cobardes. Describió la parte negra y profunda de los humanos, esa área nebulosa que se detona en ciertas ocasiones, que desata al lobo que llevamos dentro, la que negamos o no queremos reconocer.

Las lecciones que aprendió Maquiavelo (1469-1527) al estudiar la historia es que somos seres de pasiones, bajas o elevadas, de esperanzas y errores, de deseos y anhelos de detentar el poder de los demás y la disposición a arrebatarlo.

Una de las razones de la fascinación por el poder es que quien no tiene poder “no encuentra perro que le ladre” lo repetía para justificar que la fama, el protagonismo, la manipulación y la mentira son partes de los humanos para dejar constancia de la demarcación del territorio conquistado. La gente que grita, arrasa o a toda costa impone su idea o voluntad, que no se deja ganar y solo busca los errores de los demás, provoca el perro que le ladre para apabullarlo y disfrutar. Es la condición humana.

Maquiavelo aconsejaba que los gobernantes deben tener los oídos largos y credulidad corta, o sea, escuchar a todos, pero solo creer en algunos, aunque sean muy cercanos, porque el que está cerca del poder quiere usufructuar o disfrutar de ese poder ajeno.

Para contener el anhelo del poder de los cercanos y mantener el propio, Maquiavelo descubrió la clave en dos simples palabras: fuerza y prudencia.

La fuerza sin la prudencia no es suficiente, porque la prudencia sin las fuerzas no sirve y las fuerzas sin la prudencia no bastan para gobernar los asuntos políticos y conservar los estados. Por eso, fuerza y prudencia son el “nervio” de los estados, según este italiano. Y fuerza y prudencia nos sirven para todas las decisiones de la vida, aunque no seamos gobernantes.

Para Maquiavelo, la política la hacen los seres humanos, con sus pasiones, su temperamento y su fantasías. Y la política no solo implica el ejercicio del poder, ya el filósofo griego Aristóteles había precisado que todos somos animales políticos -homo politikon- y Maquiavelo lo complementa en que ese ejercicio de convivencia somos los leones y los zorros, que usamos la fuerza y la astucia.

Con eso, alguno autores quisieron hacer comparaciones de que si Maquiavelo animaba a ser fuerte como un león (CABALLERO, 2017) y astuto como un zorro, Jesucristo animaba a los suyos a ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas.

¿Cuál fue el pecado de Maquiavelo al decir que es mejor obrar y arrepentirse, que no obrar y arrepentirse? Todas sus propuestas y descripciones no surgieron de la imaginación o inventiva, sino de la observación de la conducta humana. Y las expresiones de que el hombre busca y retiene el poder con todos los recursos disponibles es lo que estudió en la historia.

Si bien, podemos calificar a Maquiavelo como un cínico, pero nosotros somos más cínicos al lavarnos la cara del auténtico cinismo. El cinismo está en nosotros, pero queremos descargar la culpa en un personaje que murió hace 500 años. Hasta allá arrastramos nuestras culpas para endosarlas a otros.

¿Acaso los hombres no nos ofendemos uno a otros? Nosotros somos los lobos de nosotros mismos que nos exterminamos, arrasamos, difamamos y nos hacemos daño moral por simple maldad. Los hombres, lo dijo Maquiavelo, ofenden por miedo o por odio, eso lo hacemos nosotros. O sea, somos los maquiavélicos, no Maquiavelo.

Desde que éramos pequeños, nuestros padres nos enseñaban las cosas con una “regla maquiaveliana”. Cuando nos pedían hacer algo, primero lo hacían de buena manera y amablemente, eso era por las buenas. Si después de varias llamadas no lo hacíamos, iniciaban con la otra técnica: por las malas.

Eso siempre dijo Maquiavelo, que al hombre hay que tratarlo por las buenas…pero si no hace caso, por las malas. Eso no quiere decir que nuestros padres eran maquiavélicos.

Tampoco él es culpable de lo ingratos que somos los humanos, cuando dijo que los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio. La avaricia es un pecado capital y no fue invento de Maquiavelo.

Contempla que la conducta o defectos de carácter obedecen al ejercicio de nuestro libre albedrío. Dios no quiere hacerlo todo, porque estamos dotados de voluntad para decidir qué hacer o dejar de hacer. Y lamentablemente nuestros juicios son por la vista no por la inteligencia y eso que Maquiavelo ni en sueños contemplaba la televisión o las redes sociales.

Con su propuesta de que la imagen es lo más importante de un hombre público, detectó que nos encanta la apariencia, porque pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos. O también observó la naturaleza de los hombres soberbios y viles que es mostrarse insolentes en la prosperidad y abyectos y humildes en la adversidad.

Maquiavelo descubrió la máscara que todos portamos en esta gran carnaval de la vida. ¿Ese fue su pecado?

Por ejemplo, cuando tiene un cargo de mando o un alto puesto: ¿qué prefiere: que lo quieran o que le teman?

Indudablemente que la respuesta políticamente correcta es que lo quieran, pero no todas las personas tienen la disposición de quererlo, porque la ambición del poder ciega la mente, según había observado Maquiavelo en el comportamiento de súbditos o ciudadanos gobernados.

Maquiavelo decía que los humanos somos seres pasionales, aunque no fácilmente se acepta de manera pública, mientras en el interior se agitan remolinos de envidia y acoso por detentar ese poder que no tenemos.

Qué disfrutamos más: ¿mandando u obedeciendo?

¿A quién no le gusta dar órdenes y que las cosas sucedan cómo uno quiere?

¿Cuál es la relación de poder con su pareja?, ¿el macho por creer que el poder radica en la fuerza física? ¿la mujer por su fuerza persuasiva que seduce para lograr un objetivo?

¿Es agradable o placentero que los demás hagan nuestra voluntad?

El pecado de Maquiavelo fue desnudar nuestra naturaleza humana. Su atrevimiento fue desnudar la condición humana que nos puso frente al espejo.

Maquiavelo, no fue maquiavélico. Nosotros somos los maquiavélicos. El mal no es invento de Maquiavelo, ni de él surgió la maldad.

El pecado de Maquiavelo fue enfrentarnos al espejo.

CABALLERO, Ferrán, (2017) Maquiavelo para el silgo XXI, ed. Ariel, Barcelona

VIROLI, Maurizio, (2000) La sonrisa de Maquiavelo, ed. Tusquets, México





Autor: Javier Horacio Contreras Orozco
Fuente: https://www.eldiariodechihuahua.mx/
manuelgandaras@gmail.com





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26/09/2022
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Por: Dr. Fernando A Herrera Martínez



 
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