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03.05.2016 06:30 am
Por: CONTAR A LOS MUERTOS Federico Reyes Heroles

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¿Qué hacer con ellos? Ya no están con nosotros, pero los queremos cerca. En la intrigante búsqueda por tratar de conocer su destino, por saber algo de los muertos, el ser humano ha inventado cielos, infiernos, el nirvana, sitios inaccesibles para los vivos y, por ende, irrefutables. Hay, sin embargo, una constante: queremos saber dónde están o estarán, incluidos los sitios imaginarios. Abrazados por la oscuridad queremos cierta certidumbre, así sea producto del artificio, para, con ella, poder paliar la ausencia.

03 de Mayo de 2016

Lo inmediato es el dolor frente al vacío. Las expresiones para mitigarlo son muy diversas. El duelo, el luto, pueden prolongarse mucho en el tiempo. Pero, ¿qué es mucho? Recordar a los otros el dolor propio con vestimentas negras o ceremonias es otra forma de mirar a lo eterno. El tránsito entre los mundos, el viaje, es parte del trauma. Ropajes especiales, joyas, amuletos, alimentos serán compañía. El recuerdo como una construcción emocional necesaria merodea. Visitar una tumba, que también puede ser una montaña o un lago donde viven las cenizas, es otra forma de fuga frente a lo inexorable. Esos lugares terrenales son una necesidad.

Los poderosos se construyen mausoleos para resguardarse, ésa era la función de los Guerreros de Terracota. Lenin descansa en la Plaza Roja para ser admirado y recordado; Napoleón, en el centro de París; Franco, en las afueras de Madrid. Pero los monumentos no son exclusivos de la megalomanía. La necesidad de tener hogares para la muerte va de la mano de la búsqueda de refugios emocionales para los vivos y tiende a ser universal. Saber vivir es saber convivir con la muerte. En Myanmar, la antigua Birmania, un país fantástico, pero muy pobre, las tumbas familiares acompañan a los hogares. Allí las flores coloridas son parte de la vida cotidiana. Los vivos viven con sus muertos. Canetti lo radiografió con gran precisión. La masa de los vivos está (estamos) en permanente diálogo con la masa de los muertos.

Mucho se ha dicho de la extraña relación de los mexicanos con la muerte, que si hasta de ella hacemos fiesta y nos burlamos. Quizá por ese subterfugio no aceptamos con frialdad nuestra muy humana condición. México no escapa al misterio universal: la búsqueda de cierta certidumbre. Pero algo estamos haciendo muy mal con los muertos, de entrada, no los sabemos contar. Los muertos de la Revolución y de la Guerra Cristera se fueron alejando en la nebulosa colectiva. Pero la “guerra” contra el narco alteró la digestión de la muerte, nos indigestó. De pronto ya hablábamos de decenas de miles de muertos y de esa engañosa categoría —“desaparecidos”— que se volvió ominosa. Es un limbo oficial contrario al sentido común. Alguien deja de estar, desaparece, pero no recibe la sanción definitiva de muerte.

Esa categoría es una perversa fuente de desasosiego que invita a pensar que el “desaparecido” puede aparecer. Sin embargo, también intuimos que es la antesala de la muerte oficial. Esa incapacidad para contar a los muertos ha generado un síndrome nacional. La matanza del 68, por donde se le vea, fue una tragedia. Una sola muerte es trágica, pero cien o mil hablan de otra dimensión. Lo cualitativo, la tragedia, se ahonda. Durante décadas se ha especulado sobre la cifra de muertos en Tlatelolco, miles se dice con frecuencia. Sin embargo, algunos testimonios personales e institucionales han arrojado una cifra que ronda las 70 muertes. Nada que festejar, pero miles no. Cada muerto deja un hueco, un dolor, un reclamo. El sismo del 85 abonó a nuestro padecimiento. Nunca sabremos cuántos muertos hubo, tal la lapidaria sentencia histórica.

Otra muestra: Pajaritos, se niega la cifra final, deben haber sido muchos más, quieren ocultarlos. La factura por el horror de Ayotzinapa es resultado de la desconfianza por nuestra incapacidad para contar y enterrar a los muertos. Esa desconfianza condujo a invitar a expertos y no tanto. Los padres y acompañantes del inevitable viaje político jamás han aceptado la muerte: vivos se los llevaron, vivos... Ahora a la sospecha histórica se suma la confusión por los varios dictámenes. Las alternativas rondan el absurdo: el fuego no existió; el fuego comprobable no basta para calcinarlos a todos; y, entonces, si no fueron calcinados, dónde están. ¿De nuevo al limbo de los desaparecidos?

A la Revolución, la Guerra Cristera, a la Guerra Sucia, al 68, a la “guerra” contra el narco, a las desapariciones cotidianas como las recientes de Veracruz, a los múltiples expedientes abiertos atrapados en la duda, habrá que sumar Ayotzinapa. Pretender que el olvido se imponga es una trampa. Sin sepulturas, sin duelo, sin la certidumbre, la venenosa especulación minará al país. A contar y volver a contar, hasta topar con la certidumbre.


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