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¿QUIERES?
Por: Manuel Gandara
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Estoy caído; el amor me ha derribado. Hace apenas algunos días volaba.
Alardeando afirmaba que el amor era un fantasma, y todavía lo sostengo, pero ahora añadiría convencido que, en efecto, el amor es un fantasma en el que sólo creen aquellos a quienes se les ha aparecido. Y doy fe que se me ha manifestado. Y digo además, que fue prodigioso y aterrador.

Estoy en el momento en que la amada se convierte en un instrumento de tortura letal; ella, la que había sido para mí el nombre mágico de la dicha.

¿Lo has vivido, Salvador? ¿Has sentido el vértigo, las turbulencias del amor? Caes, caes, porque el amor es una caída (to fall in love, lo dicen inmejorablemente los ingleses). Y percibimos esa caída cuando la magia y el asombro del mundo nos abandonan; y sólo en ese instante en que miramos hacia abajo nos percatamos de nuestras alas quebradizas y presagiamos golpes brutales.

Eso me ocurrió.

No sé qué hacer conmigo, Salvador; me siento frágil, vulnerable, pobrecito de mí. Me estorbo, me doy lástima y asco. Ojalá tuviera un corazón de mujer para soportarlo. Sus corazones son más poderosos en el desconsuelo y están más entrenados en la desesperanza. No emprenden como el mío, acciones desesperadas, no toman atajos para desbarrancarse.

Urdo estas líneas como el suicida teje la soga con la que habrá de colgarse.

No asistí a la guerra, no me persiguió la Inquisición, no fui guerrillero ni me torturaron, no soy narco ni padezco de paranoias; sustos menores resultaron los terremotos, accidentes, enfermedades, otras pérdidas, quiebres emocionales, pesadillas, las deudas con el banco, el tedio, pero ahora estoy viviendo algo más atroz: el amor, ese demonio.

Amé a Marcela. No sabía que la amaba tan desesperadamente porque el amor fue creciendo sigiloso, y cuando lo advertí, ya se habían desbordado los cauces y no pude hacer nada para subirlo de nuevo a los rieles.

No sé cuál es la tuya, Salvador, pero mi particular versión del infierno es ésta: que la persona que más amas se vaya de tus brazos y te deje el mundo habitado por su ausencia; pero además, --el infierno es infinito en sus formas de proporcionar castigos— que ella se abandone a los brazos de otro con el mismo fervor con que lo hacía en los tuyos, y que a ese otro le entregue todo, todo, todo, ¿me entiendes?, todo lo que te dio a ti, todo eso por lo que enloqueciste, por lo que darías lo que tienes. Por su magia, por su dicha, por el paraíso, por su amor. ¿Sabes de lo que estoy hablando, Salvador?

No te apresures a enjuiciarme ni a medir con tus propios parámetros mi historia. Creo que puedes comprenderme. Tú sabes que toda historia de amor comienza con una traición. Los dos que se encuentran, de otros desertan, engañándolos; en cambio, quienes no son desleales a otros, se traicionan a sí mismos.

No hay escapatoria.

Cuando amas a alguien, todo lo que has aprendido se te olvida o carece de importancia. En el amor no hay actos inocentes sino perfidia y maquinación; en toda historia de amor hay wiskey y cianuro.

Llega el día en que la vida pone en evidencia tus demonios. Ése día me ha llegado. “Si no tienes una pistola, cómprate una: te hará falta”, me aconsejó Fermín, mi amigo el pintor. Quizá algún día lo conozcas.

Necesito una pistola. Por cierto, si sabes de alguna me avisas.

Sé que te interesan las historias, eres un buen escucha, es tu oficio. No te puedo asegurar que la mía no sea una trama vieja y oxidada, pero sí te adelanto que el amor me ha perdido. Soy un perdedor, lo reconozco, y por tanto no te voy a dar gato por liebre. Con esto que te cuento sabrás que el amor me ha derrotado y que escribo desde el sótano, desde ahí donde tú has estado o estarás algún día, cuando menos te lo esperes. Porque por más virtuoso que seas, nada se puede hacer contra las fuerzas del mal.

¿Te filosofo mucho? Saber no me cura. Me enloquece un poco saber que las historias de amor son meras variantes de una serie principal de tramas. Comedia, farsa, tragedia. Sobre el papel pautado escribimos la canción que habrá de herirnos por largo tiempo. Será una canción que duela, porque el amor, para serlo, hiere. Aunque después, si logras sobrevivir a su catástrofe, te reirás de ella. Y si lo sé, ¿por qué me duele tanto?

Puede que hayas oído muchas historias de otros –cursis, desgarradoras, cómicas, dramáticas, insulsas--, puede que la canción que se ha escrito en mi corazón sea idéntica a la tuya o a la de cualquier otro. No lo sé.

Quizá Marcela sea el nombre de una ardua, ríspida lucha contra mí mismo.

Necesito que la escuches, me ayudaría.

¿Quieres un trago?

*Arranque de la novela ¿Quieres? de Alfredo Espinosa. Ficticia 2016.

Fuente: eldiariodechihuahua.mx
manuelgandaras@hotmail.com
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