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AMOR, MIEL Y VENENO (SEGUNDA PARTE)
Por: Manuel Gandara
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El amor todo lo puede


El amor es una criatura que se arrastra como las serpientes y que tienta como los dioses. Su historia es sencilla y corta: sucede entre una sonrisa y la muerte. Escribe sus historias sobre viejas partituras, con besos y arrumacos, pero también con la sangre de las nuevas desdichas.

El amor es un sentimiento que carece de definición. Es una palabra que sugiere penumbra y niebla, azar y azoro, metáfora y canción. Es un sentimiento que convoca a todos los demás afectos y los amotina en el corazón, y lejos de aclararse, ahí se vuelven un nudo de contradicciones: el amor es, al mismo tiempo, maravilloso y aterrador; es fuego helado o hielo ardiente, provoca alegrías grandiosas pero también produce hondas penas, hiere y cura, es pócima de venenos letales o licor de sublimes delirios. El amor revuelve los pensamientos, desata la jauría del sexo, sobresalta al sueño. Es una maldición o una bienaventuranza.

La pareja se enfrenta a múltiples adversidades. El mundo parece estar organizado contra el amor. Pero los que se aman están dispuestos a enfrentar y vencer todo lo que impida su abrazo. Ningún esfuerzo se escatima para vencer las diferencias sociales, raciales, religiosas, cronológicas. El amor todo lo puede.

El amor es una emoción que nos vuelve frágiles o fuertes, que nos enferma de patologías extremas o nos libera de prejuicios e inhibiciones. Todo lo resistimos y soportamos, la entrega es total e incondicionada; armamos de cuchillos a quienes amamos y frente a esa persona amada desnudamos nuestro corazón.

Ah, el amor es algo maravilloso. Si alguien te nombra con esa palabra, flota y embriágate. Besa a la persona amada una y otra vez, cien veces más y otras cien, haz el amor como si fuera la última noche, ámala locamente porque cualquier día de estos empezarás a caer.

El contrato

Cuando menos se espera, el amor despoja de las riendas del deseo y nos esclaviza a él. Nos consagra a una persona que no es como las otras, al menos eso nos hace creer, y aunque lo sea, porque nuestro corazón nos ha sometido a la misteriosa inclinación pasional hacia esa persona y no a otra, y a ella la hemos convertido en la única.

Lo que ha impedido ver nuestros impulsos amorosos es que esa persona, además de única, es ajena y de impulsos impredecibles.

El amor es ciego, afirman algunos, y ha de ser. ¿De qué otro modo se explica que firmen todo lo que les pongan enfrente?: que sólo la muerte los separará, que serán fieles, que compartirán los bienes y el corazón, que estarán ahí en las buenas y en las malas, que envejecerán uno al lado del otro, que proveerán lo necesario, que abandonarán los vicios y las malas compañías, que lavaran trastos y plancharan camisas y criaran a los hijos infernales.

La verdadera historia comienza cuando se acaban los cuentos de hadas o las telenovelas. Pero, ¿qué sigue en realidad después de que se dan el beso en el altar o se pronuncia la frase “y vivieron muy felices”? Tuvieron hijos, sí, casi siempre, y muchos, a veces, pero, ¿realmente vivieron muy felices?

Si el amor es entrega y sacrificio, quizás el matrimonio resulte una de sus más altas expresiones del amor. Y en estos días en que escasean esas virtudes y los matrimonios duran menos que los noviazgos, se observa a las parejas que han perdurado como a héroes que han resistido y poseen más tolerancia y comprensión; o como a mártires que mantienen el yugo matrimonial pese al humillante sometimiento y deterioro afectivo, por carecer de autonomía, porque así lo mandó Dios o temor a la soledad.

Algunos matrimonios son empresas, algunas exitosas; otras en bancarrota. Generan afectos, bienes patrimoniales, y colaboran en el desarrollo intelectual, profesional, espiritual, emocional de quienes la conforman, pero también cuando la repartición de afectos son pobres o inequitativos, o la neurosis habita en ella como un gato en un palomar, provoca desequilibrios que violenta a sus miembros.

De cualquier manera, los matrimonios demuestran que son los más efectivos convenios para que los dos que se aman se mantengan de pie, cultivando esa planta frágil, esa esfera de cristal, que es el amor, y que mientras se mantenga viva, sin romperse, proveerá del mejor de los bienes: la paz y el contento del corazón, y juntos, sorteando las tormentas y huracanes de la vida y demuestren que tienen las raíces muy hondas y ahí, en lo profundo, se abracen estrechamente, como se unen las raíces de los árboles milenarios para no ser arrancados, y para demostrar que la felicidad es real y poderosa.

Fuente: eldiariodechihuahua.mx
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