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ECOLOGÍA EN JAQUE, APARECE OTRO BASURERO CLANDESTINO
Por: Linterna Verde
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Pocos dolores más intensos como el que provoca descubrir la infidelidad de la persona amada o de quien, lo suponemos erróneamente, nos pertenece. El grado de dolor que desencadena dependerá de cómo se concibe al acto desleal y en qué momento de la pareja
La infidelidad descubierta es apenas la punta de un iceberg. La gran construcción de la infidelidad se encuentra bajo el profundo mar de lo que se ignora de la pareja. La infidelidad que logramos ver, es –casi siempre- una de los muchos actos desleales experimentados ya por la pareja. Y también lo que se ignora es todo lo que el traicionado ha hecho, lenta, metódicamente, para que esa infidelidad se exprese frente a sus narices.

El acto desleal puede vivirse como una agresión personal, un quiebre de la imagen social o un golpe brutal contra la autoestima; pero también puede llevar a la locura o la muerte.

La nota roja de los noticiarios y periódicos abundan en estos ejemplos desdichados. Suele haber más amor en la nota roja que en la página de sociales.

Pese a la poderosa maquinaria fabuladora que posee el amor, el amor escapa de los cuentos rosas y muy pronto se pinta con los colores que la realidad le impone. Cierto es que el amor, cuando llegamos a vivir el milagro de ser amados, nos empodera; pero también nadie es tan vulnerable que cuando ama.

Y cuando quienes aman entran en conflicto, suelen guerrear con fiereza. Los amantes se conocen los puntos débiles, las zonas vulnerables porque se han contado sus vidas una y otra vez y han llorado juntos por los momentos traumáticos, por sus heridas, sus fracturas y conocen los hoyos negros de sus vidas, y llega el momento en que se arman contra aquel que fue su amado (a) con recursos letales. Una palabra puede contener más ponzoña que una cobra o una viuda negra; un detalle insignificante puede dislocar cualquier certeza, una duda que rompe el corazón de la confianza puede envenenar la mente más fuerte.

La vida es breve, quizá por ello es imposible no sólo vivir todas las experiencias del amor sino imaginar la diversidad de sus manifestaciones. La experiencia amorosa suele ser tan impactante y desestabilizadora que, luego de conocer sus estragos, su lado sombrío, intentamos rehuirla conscientemente, protegernos de ella, combatirla, o cínicamente negarla. De algo sirve la experiencia pero el amor no causa inmunidad. Su veneno puede, incluso, resultar adictivo.

André Maurois confirma que “…la enfermedad llamada amor pone en conflicto a nuestra inteligencia consciente y nuestra voluntad profunda”.

Lo cierto es que el amor siempre descarrila.

El amor es una enfermedad casi siempre, pero empeora cuando termina o agoniza; o cuando uno sigue amando sin ser correspondido por el otra(o). Es el instante en que aparecen los demonios y es quizá el momento más dramático de una pareja que deja de serlo.

En la atmósfera sombría de la infidelidad recién descubierta se aparecen los demonios de la pérdida, que quiebra el corazón, y el de la obsesión, que lo envenena. La persona traicionada se sume en una depresión honda y oscura, luego se levanta como en vilo y anda por las calles como un zombie. El corazón duele todavía más que en los infartos. Luego se apoderan de la mente de la víctima los celos y las locuras vengativas. Se revuelca en las camas del insomnio como si fueran sus sábanas de púas y espinas de mezquites. La persona traicionada es una fiera herida que lejos de lamerse sus heridas busca un nuevo combate. Le duele hasta el aire que respira, no tolera las canciones que antes disfrutaba. En el fondo de todo esto pervive la secreta esperanza de que el traicionero recapitule y se percate del valor de la persona doliente, del amor que ha engañado, de todo lo que puede perder, y que es común ver a la víctima aullando, ladrando, vociferando, gruñendo, llorando, haciendo panchos, emborrachándose, llevando serenatas, espiando, amenazando con matar… y a veces lográndolo.

Las imágenes de esos amores traicioneros atormentan al engañado (a) porque las imagina en escenas sexuales apasionadas, en arrumacos ternurosos de gloriosa intimidad, susurrando palabras suaves y dulces como las uvas; porque se les concibe idealizadas y por ello, alejados de lo que cada uno de nosotros pudo haber proporcionado a la persona que comete la infidelidad.

La infidelidad no sólo se vive cuerpo a cuerpo en el fragor de las pasiones, sino también, y quizá por ello es más intensa, en la fantasía de las personas. Hay deseos prohibidos que sólo se satisfacen en los sueños o en las ensoñaciones. Unas dicen que no engañan al amante ni con el marido.

Pero la infidelidad siempre quiebra el corazón de manera despiadada. La persona traicionada ha sido dañada en su orgullo, en su amor propio, en su sentido del honor, en su estabilidad. Su Yo se ha hecho trizas. Pero más allá de su Yo narcisista, reconoce que algo ha puesto de sí para que la traición se haya llevado a cabo.

La traición se experimenta como una colisión violeta y, sin duda, resultarán personas dañadas. En ese trance, en algunos casos el amor muere, o las víctimas quedan malheridas o fracturadas. Y esas lesiones tardarán en cicatrizar o consolidar pero casi todas dejarán secuelas. Algunas parejas podrán volver a echarse a andar y serán capaces de tolerar pesos gravosos, pero no podrán borrar la cicatriz que les recordará que alguna vez fueron traicionadas.

Frente a la traición del otro (a) se puede responder de varias maneras: despechados, buscando la venganza contra su pareja o contra el tercero, negando la experiencia amorosa con la pareja desleal, con cinismo, con paranoia, o traicionándonos a nosotros mismos convenciéndonos que fue despreciable el tiempo en que lo (a) amamos, y denigrando a la persona que creímos única para nosotros. O, más sanamente, decidir que “lo que tenías conmigo, lo buscaste el otro (a). Yo cierro mis puertas tras de ti”.

Ante la infidelidad, constatamos el funcionamiento del amor que en su primer movimiento es posesión: “eres mía, soy tuyo”, se dicen en la más estrecha intimidad con susurros los amantes. Pero pese el arraigo en el nido amoroso, esencialmente, el amor es libre e impredecible. Y esa libertad ejercida es lo que duele inmensamente en el acto infiel.

Y en el amor es la única oportunidad en la que las personas pueden ser fieles. El cuerpo es polígamo, el corazón monógamo. Suele decirse que “una mujer cuando no ama, puede ser incluso una piruja, pero cuando ama es siempre una esclava, una madre, una enfermera. El hombre es casi siempre un pirujo, y cuando ama es un perro, a veces rabioso, a veces faldero”.

El amor no obedece a los trámites jurídicos, a los códigos morales, a las exigencias sociales. El amor es libre, azaroso, caprichoso, inestable y contradictorio. Puede ser fugaz o perdurable, y su paso sólo es posible constatarlo por una cicatriz el corazón más secreto, o un tatuaje que ahí aún humea.

Fuente: eldiariodechihuahua.mx
manuelgandaras@hotmail.com
EA

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