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LA CULTURA POLÍTICA CONVENENCIERA
Por: Manuel Gandara
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En realidad no se trata de un problema postal. No es lo mismo tomar al presidente de un partido como Oficialía de Partes, que dirigirse a una acotada Comisión de Honestidad… y Justicia. Está en boca de todos, en especial de los integrantes de eso que llam
Sé de cierto que comentar temas de esta índole resulta incómodo en una sociedad que prefiere el silencio, el malestar en sotovoche, y a final de cuentas la claudicación frente a un adecuado ejercicio de la crítica. Quizá la conducta del emisor de la epístola quede en una simple expresión del anecdotario, pero lo que pervive es una cultura política que transige con estas actitudes. Algo así como la tolerancia que se tiene con las llamadas “mentiras piadosas”, que en esencia muchas veces no lo son.

Se pensará que defiendo la coherencia a ultranza, que no sé de la flexibilidad y el pragmatismo. Pero no es así. Sé que vivir en la esclavitud de las ortodoxias rígidas sólo conduce al dogmatismo y, pasado el tiempo, a las inquisiciones y totalitarismos. La apuesta por la razón es óptima al respecto. No hay, por otra parte, en un esquema de práctica de la política en una democracia, nada que pueda negar la flexibilidad para ajustar decisiones y la brizna de pragmatismo que hace posible el arte de hacer política como un intento –cito palabras de José Emilio Pacheco– de “civilizar la discordia”.

Pero lo que escurre de la epístola que comento es otra sustancia. Se pretende ocultar una historia, que no afecta en exclusividad la propia vida, sino que trasciende a la vida pública misma, lo que obliga a que sea en ese escenario el debate abierto de las razones o causas que hubo para migrar de un partido a otro y luego arrepentirse, como si no hubiese pasado nada, propiamente porque el escribiente cree reservar para sí sus motivaciones. Cuando escribo esto recuerdo un memorable texto de Isaac Deutscher, el notable autor de la trilogía biográfica sobre León Trotsky que se refiere a la conciencia del excomunista. Pero realmente no son sus líneas las que vienen al caso para interpretar este hecho. Más tiene que ver con las obras que desde la Antigüedad se ocupan de los caracteres humanos, de todos los caracteres, y frecuentemente de los que encontramos más en la vida ordinaria y que dan cuerpo a una realidad social que tiene que ver con los hábitos culturales, así sean despreciables, los usos y las costumbres, frecuentemente extraídos de eso que se ha llamado “la canalla”. En ella habitan muchos que fueron algo, que dejaron de serlo, para pretender reinstalarse en su pasado, y así sucesivamente.

¿Por qué sucede esto frecuentemente? Porque, para no irnos muy lejos, hay personajes en la historia, como Joseph Fouché, quien tuvo la gran habilidad para asegurar su propia y personalísima supervivencia en los escenarios del poder y las cortes. Hizo todo un arte de las astucias para mantenerse a flote a toda costa: independientemente de quién ocupara el poder, aumentaba su desmedida ambición. Sumariamente puedo decir que fue girondino para pasar a ser recalcitrante jacobino, fue regicida (votó por la muerte de Luis XVI) y luego bonapartista y monárquico también. Quepa aquí esta digresión para señalar que Fouché fue una vida paralela a la de otro cínico, Talleyrand, del que Ciorán expresó lo siguiente: “Cuando se ha practicado el cinismo de palabra únicamente, se siente una gran admiración por alguien que tan magistralmente lo tradujo en actos”.

Nuestro personaje local no vuela a esas alturas. Pero, como en el famoso tango, también tiene su historia, y más se ubica en la picaresca, tan arraigada en tierras españolas e hispanoamericanas.

Fernández de Lizardi, un genio de nuestras letras, trazó retratos magistrales, como cuando nos dijo en su Periquillo Sarniento: “Me parece que tu eres más convenenciero que cobarde, y quisieras pasarte buena vida sin arriesgarte”. Aquí encontramos la miga del que quiere regresar a su senda anterior, sin explicación alguna, e ingresando por una puerta que no es la jurídicamente competente, y en cuyo frontis se inscribe la palabra “honestidad”.

Es un ex, como dice el diccionario, “invariable” en plural, pero de una característica especial: consciente para buscar la propia conveniencia; de ahí que mantenga un activismo para estar siempre presente y al acecho de las ventajas que pueden derivar en su favor. Los caracteres de esto los dan las notas que se desprenden de términos como “convenenciero”, “oportunista”, “blando”, o en muy castizo, “guango”, el que no estrecha ni aprieta, y por eso no está en más lugar que no sea en el que va a obtener su propio beneficio, para lo cual el contenido esencial de las palabras que obligan a compromisos simple y llanamente no cuentan.

Cuando abordamos los caracteres de estos personajes nos topamos con una multiplicidad de conceptos, algunos muy propios del caló nacional: “blandujearse”, “ablandarse”, “cedente” o “vacilador”, “vacilante”, “blandujo”, como el carrizo, que no tiene alma, y por tanto se mueve al compás de cualquier viento, porque está consciente de que hay quienes mueven el árbol y otros los que recogen las nueces.

El fenómeno que está detrás de todo esto es un problema migratorio. Hoy vemos a un Manuel Bartlett Díaz encaramado en el poder, no obstante el descomunal fraude de 1988 que privó de la Presidencia a Cuauhtémoc Cárdenas; tampoco se batalla para divisar a un Manuel Espino, recalcitrante hombre de derecha y del foxismo, formando parte de la corte de la Cuatroté; “Napito” también hace de las suyas, y a todos ellos les sobran defensores. Es el rostro de una cultura política, ya no digamos ausente de los principios que reiteradamente se propalan, sino de la decencia elemental. Quienes nos atrevemos a tocar a estos personajes con los dardos de nuestra crítica, se tiende a considerarlos conservadores y demoníacos, pero quienes así actúan están haciendo un gran daño porque nutren una cultura política fundada en la lenidad, y eso no tiene un puerto plausible de ninguna manera.

Quizá a algunos todo esto les parezca desagradable, tal vez piensen que es hablar de soga en casa del ahorcado. Critican la dureza que se sustenta no en la difamación ni en la calumnia, sino en algo más terrible: la verdad. Es lo irrenunciable.

Jean de La Bruyère trazó las colindancias de esto al hablar de los espíritus fuertes: “Poner a un lado la autoridad, los placeres y la ociosidad, y al otro lado la dependencia, la miseria y los cuidados: o estas cosas están trastornadas por la malicia de los hombres o Dios no es dios”. Buena pregunta para alguien que estudió teología y la dejó para ser un “ex”.

A la hora de las conclusiones no nos resta sino referir una historia cultural que tiene que ver con aquel apostolado que empezó renegando de jesucristo.



Fuente:eldiariodechihuahua.mx
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AB




 
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