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MADERA: LA UTOPÍA ACRIBILLADA
Por: Manuel Gandara
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Este capítulo se escribió con la colaboración de José Luis Aguayo. A él se lo dedico.

Alfredo Espinosa


El levantamiento guerrillero en Madera en 1965 fue un estallido contra el autoritarismo, el despojo y la explotación. No había otros caminos para luchar contra las injusticias que las armas y la violencia.

Desde los años treinta del siglo XX, se reanudan las inconformidades populares por la posesión de la tierra. Más poderosos que la Revolución, fueron los intereses y la rapiña de los empresarios locales y extranjeros. Eran los tiempos en que las tierras debían repartirse en ejidos, sin embargo, los caciques y los inversionistas extranjeros no estaban dispuestos a abandonar sus intereses latifundistas para cumplir con una demanda emanada de las profundidades de la Revolución Mexicana.

Las grandes compañías extranjeras, la Green, por ejemplo, asentada en la Sierra Tarahumara, poseía el aserradero más importante de América Latina y se caracterizaba por mantener un régimen de esclavitud que se negaba a otorgar las prestaciones que las leyes ya los obligaba.

Otros imperios madereros fueron La Babícora (Canasta de víboras, según la lengua apache) y Bosques de Chihuahua, propiedad de los Hearst, recordado por ser herméticamente vigilado por los guardias blancos más feroces de la región. Otros aserraderos los explotaban latifundistas regionales como los González Músquiz. Estos aserraderos no fueron afectados por Cárdenas al término de la Revolución, lo que provocó encono en los pobladores que habían aportado su vida y su sangre a la causa revolucionaria.

Y otra vez, el meridiano 107 comenzó a inquietarse. La levantisca longitud de guerra (Cuauhtémoc, San Isidro, Tomochi, Tutuaca, Matachic, Babícora, Madera, Guisopa) se sentía agraviada de nuevo. Sensibles y aguerridos, los pobladores que habían luchado contra los indios, contra los pelones de Porfirio Díaz, y en la Revolución, ahora participaban en una nueva revuelta. Querían sus tierras. En 1936, cayó el primer héroe cardenista, Socorro Rivera, que luchaba por hacer realidad el sueño de los ejidos, pero los latifundistas lo detuvieron con las armas. Francisco Luján Adame también fue derrotado en su levantamiento contra Bosques de Chihuahua. La sierra estaba controlada y explotada por los caciques. Daba la impresión que por ahí no hubiera pasado la Revolución, que las aspiraciones populares para que la tierra se repartiera más equitativamente hubieran sido ilusorias.

En los años 60 las escuelas de esos aserraderos estaban ocupadas, no por los niños sino por las vacas y los borregos. Los caciques acaparaban el agua y explotaban y reprimían a los campesinos y rancheros, dueños reales de las tierras. Por eso persistía en el pueblo esa ansia libertaria. Se había derramado mucha sangre y, sin embargo, cada día era más intensa la idea de hacer otra revolución. La Revolución cubana había triunfado en 1959, y aquí en Chihuahua se produce en 1963 un ajusticiamiento guerrillero. Muere uno de los Ibarra, dueño de aserraderos. Iniciaba la guerrilla antes que Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas estallaran en Guerrero.

Comienzan los movimientos de masas que, otra vez, demandaban las tierras. Hay campesinos y maestros en pie de lucha, mientras que la Secretaría de Agricultura se enreda en burocracias e ineficiencias que ha sido uno de los pretextos para favorecer a los caciques de siempre. Existían por lo menos 500 expedientes sin resolver. Había un sentimiento de desesperación e impotencia entre la población que muy rápidamente alcanzó a los corazones y las mentes de un puñado de inconformes que tenían los impulsos muy cerca de sus sueños. Y en ese estado anímico no se pueden leer adecuadamente las realidades sociales. Y de pronto en septiembre de 1965 se produce el asalto al Cuartel de Madera. Entre los guerrilleros prevalecía un sentimiento de responsabilidad histórica, pero también de iluminación.

Se habían desprendido del movimiento de masas (que solía liderar Álvaro Ríos), y aislados, sectarizados, animados por el triunfo cubano, se lanzaron a una aventura insensata, heroica. En el grupo estaban quienes tenían experiencia en esas lides (Salomón Gaytán y Ramón Mendoza) otros que habían estado en esa región durante un lapso (Arturo Gámez) y los más que desconocían la región y el arduo entrenamiento guerrillero (Pablo Gómez, Lorenzo Lugo, los hermanos Escobell y otros).

Cuando llegaron al Cuartel ya estaban esperándolos varios pelotones de soldados. La lucha fue breve y cruenta. Murieron varios soldados y siete guerrilleros. Las aspiraciones por los cuales se levantaron en armas sirvieron para que el gobernador Giner les hiciera su epitafio. En el colmo de la soberbia, el gobernador arrojó a la fosa común un puñado de tierra diciendo: “¿Querían tierra? ¡Pues tráguensela!”.

A partir de los acontecimientos de Madera, después de un impasse, se desencadenaron nuevos levantamientos guerrilleros. Hubo un movimiento social campesino que luchaba contra la empresa Maderas de Tutuaca debido a que los convenios beneficiaban a los taladores de los bosques pero nunca a los ejidatarios. En 1968 la nueva guerrilla (encabezada por Oscar González) decidió incendiar el aserradero “Los Tablones”, al oeste de Tomochi. Los guerrilleros enfrentaron al ejército por cinco días. En uno de esos combates murió Carlos Armendáriz, y días después, luego de haber escapado del cerco impuesto por el ejército, fueron ejecutados Oscar González y Borboa Estrada.

Las empresas madereras se enriquecían con la brutal explotación de los bosques y de las personas. Pero al fin de cuentas la historia fue la misma: los guerrilleros fueron perseguidos y asesinados. Estos homicidios no contaron con juicios de ley ni se examinaron las razones de estos levantamientos, ni siquiera sirvieron para que las empresas madereras recapitularan y rectificaran su actitud depredadora ni en su voracidad.

Un año más tarde del incendio de Tomochi, algunos sobrevivientes de Madera se levantaron en San Rafael. Ahí la tragedia se extendió al ser asesinados varios campesinos. La dureza del régimen era extrema. Nunca averiguaron las razones: los mataban en caliente. Una vez más, la violencia aplicada por el gobierno para tratar a quienes catalogaban de violentos, fue desmedida. Es la vieja historia en donde las autoridades políticas resultan más bárbaras que los bárbaros a los que combaten. Igual les sucedió a los españoles con los indios: sin comprender las razones indígenas los combatieron hasta casi exterminarlos.

Y ahora que vemos los bosques serranos pelones, depredados como si hubieran caído bombas nucleares o una desgracia enviada por Dios, es evidente para casi todos, que esos jóvenes desesperados, tenían razón. La justicia estaba de su lado. Las gentes del pueblo, los dueños reales de esas riquezas estaban igual de pobres que antes. Vivían junto a la fuente pero murieron de sed, para utilizar la metáfora con la que titula su libro Minerva Armendáriz, protagonista adolescente de aquellos episodios, y quien ya como mujer madura relata las experiencias del clandestinaje en la era del terror.

Ahora, quienes pasamos en tren rumbo a la sierra, nos lamentamos de la desolación de estas tierras agrestes otrora majestuosas. Hace unos años, mirando la sierra incendiándose, escribí este tanka:

Pinos talados
postes de luz sin pájaros
basura y charcos
Con el incendio avanza
sin piedad el progreso

En los años 70 del siglo XX se respiraba entre los jóvenes esa sustancia inasible y alucinatoria llamada utopía. Se consideraba que las condiciones sociales, por fin, estaban dadas para concretar los sueños. La rebeldía tenía la causa de la justicia. Y por eso se convertía para los gobiernos, subidos como acostumbran sobre los lomos del pueblo, en una causa peligrosa.

Los jóvenes de los setenta del siglo XX estaban decididos a imponer la utopía; el gobierno, por su parte realizaba en los sótanos la masacre de los disidentes para seguir enarbolando, en los discursos, la bandera de la paz social.

Pero el pensamiento utopista no era compartido por los pragmáticos poderes políticos ni económicos de Chihuahua, defensores a ultranza de los intereses económicos de las élites, y sobrevino la masacre.

En contraste, el autoritarismo no escucha; actúa contra quienes desafían sus intereses. No entiende; defiende a aquellos que facilitaron el camino para que llegara a erigirse como prócer del poder.

La guerrilla fue debilitándose ante esos reveses. Pero todavía habrían de organizarse grupos como la Liga 23 de septiembre, con mayores ramificaciones clandestinas y con actividades más urbanas.

Mientras tanto, el campo, descuidado por los gobiernos, empezaría a dar nuevos síntomas. El narcotráfico hacía su aparición. Y con el pretexto de combatir al narcotráfico, se organiza la Operación Cóndor, a cargo de Oscar Flores, gobernador de Chihuahua y más tarde Procurador General de Justicia. Un hombre rudo que gozaba del sufrimiento de los demás, autoritario y convencido de sus acciones. El caso es que junto con los narco plantíos, se destruyen comunidades de tepehuanes y campesinos cercanos a Guadalupe y Calvo. En ese tiempo, (y aún persisten éstas prácticas) todo aquel que reclamara algo podían convertirlo en narco y desaparecerlo. La pobreza de los campesinos los obligaba a cultivar la amapola y la mariguana. De la amapola, de la bola de la amapola, lagrimeaba la codiciada goma a partir de la cual se producen poderosos opiáceos.

Muy pronto, los policías, el ejército y los políticos entraron al extraordinario negocio del narcotráfico.

Eran tiempos del terror y la represión. El estado, siempre dispuesto a defender los intereses que lo benefician, utilizaba la ley como un garrote. Quizá por eso estalló la guerrilla en el estado de Guerrero, primero con Genaro Vázquez y luego con Lucio Cabañas; también se ramificó la Liga Comunista 23 de Septiembre y otras organizaciones clandestinas.

El Gobierno de México, con Díaz Ordaz y Echeverría a la cabeza, habían implementado lo que años más tarde se conocería como la guerra sucia que consistía en etiquetar a los guerrilleros, a los grupos políticos disidentes al partido del gobierno, a todos los reclamantes de justicia, a los luchadores sociales, como enemigos de la patria y de la estabilidad de México. La rápida catalogación como desestabilizadores del régimen a quienes propugnaban por cambios políticos y sociales en México hacía que las autoridades actuaran con saña y brutalidad: levantamiento y desaparición forzada de personas sospechosas o involucradas, secuestros, (todavía se recuerdan los secuestros del profesor Antonio Becerra y del dirigente normalista Carrera, y la desaparición de Oscar Biescas Ruiz), tortura, ejecuciones extrajudiciales, sepulturas en fosas comunes y desconocidas. Hoy se sabe que algunos cuerpos, o personas vivas, fueron tiradas al mar desde los helicópteros de la Procuraduría General de la República.

En Chihuahua, como en todo México, hay muertes que todavía no se investigan: la del sacerdote “Chapo” Aguilar; mártir de aquellos tiempos de las luchas inquilinarias; la del periodista Espinosa del pasquín amarillista La Jeringa, entre otros.

El 15 de enero de 1972, inesperadamente, un grupo armado intenta el robo simultáneo a tres bancos de la ciudad de Chihuahua. Eran parte del Movimiento de Acción Revolucionaria e intentaban darle a sus luchas una dimensión similar a la que alcanzaron Los montoneros en Argentina. Fracasaron. Otra vez la represión fue brutal: algunos fueron muertos durante la acción guerrillera, otros fueron asesinados en la cárcel y los demás fueron encarcelados. Algunos huyeron.

Con este movimiento de 1972, parece haber muerto la utopía en Chihuahua. Sin embargo, varios luchadores sociales se han convertido en lúcidos intelectuales que documentan la historia, entre otros sucesos, el modo en que fueron acribillando a la utopía. Destacan Víctor Orozco, Jesús Vargas, José Luis Aguayo, entre otros. El campo quedaba libre para que los Estados Unidos de Norteamérica empezara a invadirnos con la industria maquiladora, y abrumarnos en estos últimos años, con el permiso del Tratado de Libre Comercio y la globalización.

Chihuahua ahora, suele decirse, parece una triste colonia conquistada por Estados Unidos. Un poco ruinoso, pero el otro lado ya está de este lado.

En 1979, la izquierda cambió la metralla por las urnas. Pero ya la sangre había corrido demasiado. Muchas muertes deben aquellas autoridades. Sus atrocidades requieren ser investigadas. Madera es un antecedente de Ayotzinapa y como en esa trágica ciudad, los crímenes los cometió el Estado. Estas preguntas siguen en el aire: ¿Dónde enterraron o incineraron a los asesinados por quienes todavía lloran sus madres y familiares? ¿A quiénes y por qué? ¿Por orden de quiénes los torturaban y los mataban? ¿A qué legalidad se atenían? ¿Quiénes fueron los autores intelectuales de esas muertes? ¿Quiénes decidieron que se conformaran esos grupos paramilitares, irregulares, anticonstitucionales, que actuaban sólo de acuerdo a las decisiones de esos autores intelectuales? ¿Quién les dio permiso para matar, para hacer lo que sus bestialidades les aconsejaran? ¿Cuándo van a empezar, en Chihuahua, a ser enjuiciados por crímenes contra lesa humanidad?

Comentarios: alfredo.espinosa.dr@hotmail.com


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