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JOSÉ FUENTES MARES: EL ESCRITOR ES UN DELATOR
Por: Manuel Gandara
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Por: Alfredo Espinosa
José Fuentes Mares se hizo escritor por desafío. En cuarto grado recibió de su maestro un apodo aniquilador: Don Nulidad.

Mi maestro de ese año era un hombre despreciable, maduro y solterón, de rostro angulado y ojos envenenados. Nada más lejos de un maestro que Don Gil, torvo y contrahecho, labrado a machete como figura de santo en iglesia de pueblo.

La pedagogía de Don Gil era convincente: a bofetadas impartía su cátedra. Una de esas lecciones tocó violentamente la mejilla de Fuentes Mares en ese momento, al abandonar la escuela, se juró dedicar su vida para “probar que él (Don Gil) fue un miserable y un falsario”. Esa fue, quizá, la experiencia por la cual se convirtió en delator profesional, o por lo menos, de ella nacieron sus actos supremos de voluntad y la apuesta feroz por sí mismo.

En su autoafirmación, Fuentes Mares escribió una obra monumental y diversa. Ahora José Fuentes Mares es Alguien Importante.

“El delator no puede ser comunista o fascista si quiere ser escritor –escribe Fuentes Mares –, ejercer militancias y tampoco católico o protestante. Ni siquiera nacionalista, y mucho menos patriota. Todo eso se vuelve burocracia. El escritor es delator nato, con el respeto único que debe a sus propias delaciones. Nació para correr la suerte de los delatores”.

¿Puede el delator ser un conservador? Fuentes Mares lo fue toda su vida: en momentos claves de su existencia fue impugnado por reaccionario, y, sin embargo, sus ataques a los héroes nacionales y su repugnancia por la Historia Oficial superaban en ferocidad a la de los liberales de izquierda.

Desmitificar, humanizar, falsificar.

Fuentes Mares comprendió tempranamente que ninguna figura de autoridad debe aceptarse sin cuestionamientos –hay muchos farsantes– y tomó para sí la saludable tarea de desmitificar y humanizar a los protagonistas de nuestra historia nacional. En este sentido Fuentes Mares se adelanta a muchos escritores actuales que entrelazan, de manera natural, literatura e historia en un género que pudiera llamársele literastoria.

La historia para Fuentes Mares revivida, recreada, por sus protagonistas. Fue uno de los primeros en desconcentrarse por la cordial convivencia de los forjadores de la nación que en vida habían sido antagónicos ideológica y políticamente y acérrimos enemigos. Miraba sus nombres escritos en letras de oro; sus estatuas recibiendo homenajes nacionales y oportunidades discursivas insospechadas, sus cuerpos descansando, uno al lado del otro, en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Seguramente, al recuperarse de su desconcierto, fortaleció su capacidad para la denuncia y su convicción de que aquello que llamaban Historia Nacional era un grotesco simulacro.

La irrefrenable necesidad –muchas veces enfermiza– de desmitificar y de humanizar a los protagonistas de la historia llevó a Fuentes Mares a entrar de lleno a diversas polémicas y a recibir despiadados ataques. Y no era para menos: su atrevimiento lo realizó en un período en que los héroes que denunciaba (particularmente la figura de Juárez) sostenían sobre sus hombros la noción de Patria y de identidad de los mexicanos. Fuentes Mares fue centro de polémica. Y mientras él se estiraba sus bigotes dalinianos, los hombres del sistema lo menospreciaban, los historiadores lo refutaban; la polémica propiciaba la venta de sus libros. El lector descubrió en Fuentes Mares a un autor que entendía que los héroes antes de convertirse en estatuas eran hombres apasionados por sus ideas y extraviados en sus hechos. Al escribir bajo esa premisa, no dejaba títere con cabeza ni héroe con pedestal y esa ferocidad de su pluma rescataba a la historia del bostezo y la dotaba de una sonrisilla socarrona.

Pero fueron las opiniones de los historiadores las que más pesaron sobre su obra: al desmitificar y humanizar, falsificaba.

La falsificación, para cualquier historiador, es un acto oprobioso y al aplicárselo a Fuentes Mares le cuestionaban también que en su intento por su desenmascarar a los hombres de la historia, modificaba a su antojo el verdadero rostro de los héroes sobreponiéndoles su propia mueca de historiador subversivo y subjetivo. Ese acto de alta traición marcaría para siempre a Fuentes Mares. Al defenderse, declaraba su desilusión por aquella “presunta objetividad” tras la cual ciertos historiadores ocultaban su afán para legitimar la Historia Oficial. Para Fuentes Mares “hablar de ficción no significaba atentar contra la verdad”, era más bien “una hipótesis fundada en los datos a nuestro alcance para cubrir la solución de continuidad entre lo conocido y lo desconocido”.

Literastoria.

Consciente de los riesgos en la reescritura de la historia, Fuentes Mares explica, confiesa, justamente refiriéndose a Miramón, el hombre sus propias flaquezas como historiador: “Héroe y villano a la vez, triunfador y fracasado, pobre diablo y gran señor”.

Fuentes Mares arremete contra sus detractores:

Ciertamente, cuanto se consigna en documentos es la verdad histórica, en muchos casos, pero nunca toda la verdad. Los seres humanos no solemos documentar cada uno de nuestros pasos en el mundo. Más todavía, la mayoría de los actos definitorios de una vida no constan en testimonios documentales…

Su versión de la historia –poco ortodoxa– lo llevó desde su inicio a incursionar en la narrativa y la dramaturgia. Elige para ello un lenguaje desacralizado y burlón que resulta el más eficaz contra la demagogia y la burocracia. En la ficción de Fuentes Mares cuando hay historia hay farsa: él mismo parecía contaminarse de los rasgos megalomaniacos de sus personajes: en él mismo se cumplió mucho de lo que se burló y criticó: Fuentes Mares, el hombre, de verbo florido y españolado, desplantes fanfarrones, bigote retorcido, desplantes de innegable encanto. Su petulancia estaba a la altura de su obra, de su trascendencia, de su monumentalidad, de su atrevimiento. Fuentes Mares fue, en muchas ocasiones, su propio personaje:

Sostener que el autor ha de abstenerse de figurar en sus novelas, siquiera sea con sus remotas experiencias o vivencias, me parece infundado. El problema se reduce no a lo admisible o inadmisible corrupción del yo en la novela sino a la capacidad o incapacidad para integrar experiencias e intuiciones personales en el marco de una obra creativa.

Fuentes Mares era un autor con humor. Y es posible que lo haya utilizado contra sí mismo. A él debemos la recreación de los descubrimientos literarios más afortunados: el esperpentoscopio. A través de su lente, la realidad agudiza sus rasgos grotescos. En sus cuentos recopilados en los tres tomos de Las mil y una noche mexicanas, esperpentiza todo lo que toca y, oh paradoja, vuelve más real aquello que pretende caricaturizar.

En su indefinición entre historia y narrativa alcanzó sus aciertos y sus limitaciones. Acierta al transformar los documentos farragosos de historia plagada de efemérides, los discursos de los actos solemnes, en una excelente trama cuyos ingredientes de humor, lucidez y descarada valentía derrumban los grandes mitos. Su limitación más notable al escribir novela, es que la Historia pesa demasiado sobre la historia. Un rigor innecesario constriñe el desarrollo de los personajes y sus actos. Cree ciegamente –al fin historiador– que los hechos hablan por las personas: ignora que también los hechos las contradicen, las confunden. Los hechos más definitorios de los hombres suelen ser irracionales y por supuesto, no constan en actas. Fuentes Mares trata al lenguaje como una eficaz herramienta de trabajo y no con la maestría y fascinación de un literato.

Fuentes Mares tuvo un acierto ejemplar: vivió los tiempos en que se exigía creer en la Verdad Única y él fue el hereje de esa religión: nunca creyó que la realidad era completamente real. Ni real, ni única.


Fragmentos para José Fuentes Mares

I

En primer lugar quiero presentarlo: su nombre es Fuentes Mares, José Fuentes Mares. Nació en el desierto, donde los hombres esperan la lluvia y la muerte y los niños juegan con piedras y lagartijas. De sus mocedades recuerdo un macizo de ocotillos que iluminaban el paisaje, cada primavera, con sus flores prodigiosas; el viento tibio que corría por las noches solas, y sobre todo el sol, el duro sol dueño de llano como Señor en el cielo. De aquellos años conserva el recuerdo amoroso de su padre un odio enloquecido por el sol. Tanto lo odiaba que a fin de cada día corría medio kilómetro, hasta su apostadero, sólo para verlo reventar entre las nubes rojas y disfrutar su agonía en el fuego que dispersaba el viento. (De Servidumbre, novela, 1969.).

II

Y he aquí que don José cargó de agua las cantimploras de su nombre y todo lleno de fuentes y mares se refugió en el desierto.

En estos páramos de navegación abrevaron sus palabras.

Y he aquí que su paso desvanecía delirios de insolados y sus luces reverberaban en los ecos múltiples de su voz.

Su palabra era el faro que orientaba a los náufragos de estos mares de polvo, en estas tierras desalmadas en las que a cualquiera, en la hora canicular, se le confunde con ánima.

Como una hoja blanca, estos desiertos esperaban el semen de su imaginación para fecundarse de historias y leyendas, de cuentos y de verdades. Y he aquí que los lugareños de estos médanos desolados desconocíamos que eran reales algunos espejismos. En medio de la sed, resueltos a perdernos, sucumbimos a los fatales encantamientos y descubrimos que el espejismo llamado José Fuentes Mares era cierto. Lo supimos cuando se quebró para siempre ese laberinto de espejos que es el desierto.


III

Entre las grandes pasiones de su niñez recuerda un amor desenfrenado por el verde. Una noche soñó que Dios arrastraba hasta su puerta un largo manto verde, y soñó también que allí lo dejó para que él lo disfrutara a la hora del alba. Mas cuando al amanecer se puso de pie, y abrió la puerta, sólo encontró la misma pequeña vida vegetal junto a las piedras que le prestan su migaja de sombra; los agaves en guardia, como de costumbre, frente al acoso de las cabras; los ocotillos como víboras, enhiestas palmas con sus brazos secos al cielo. Nada más. Y pensó Fuentes Mares que por qué si Dios era el autor de todas las cosas, a nosotros nos había dejado el gris para repartir el verde entre la gente que habitaba más allá del horizonte. (Servidumbre)


IV

A varios años de la muerte de José Fuentes Mares (1918-1985), crece más, en extensión y profundidad, el hueco de su ausencia.

En su homenaje, unos días después de su muerte, escribí este pequeño poema:

Aviso último

Entre los espejismos del desierto

hubo un certeza

a la que nos acostumbramos

demasiado

Ignorábamos que también

las fuentes

don José

a los mares

retornan


...............................................
Por: Jaime Rodríguez Chacón.
Por: Linterna Verde



 
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