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¿A QUIÉN AMAS CUANDO LE DICES “TE AMO”?
Por: Manuel Gandara
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Por: Alfredo Espinosa
La pareja es hija del azar y marioneta del destino. La pareja es un paquete lleno de sorpresas. Del mismo modo que está la necesidad de unirse en pareja, ya sea para cumplir el mandato de la especie y del instinto de procrear; como para atender con el rito social del matrimonio y de la vida en familia, o bien, para evadir la soledad o para construir a través de la familia una sociedad anónima de capital variable, en las personas está inscrito, profundamente, su disposición a la discordia y al combate, a la defensa de su territorio, a la lucha por los distintos poderes, a hacer prevalecer su punto de vista sobre el otro, en fin, su necesidad imperiosa para hacer el mal, aún no deseándolo.

La pareja es un monstruo, un mar de fondo, un misterio. ¿Y qué es el amor?, le preguntó Sócrates, quizá el sabio más grande que ha tenido la humanidad, a Diotima de Mantinea, y ésta le respondió “¿acaso no lo sabes, Sócrates? El amor es un gran daimon. Pues también todo lo demoniaco está entre la divinidad y lo mortal”.

Y el demonio, que es un espíritu entre los dioses y los mortales, se asoma cuando alguien dice “te amo”. Porque ¿a quién amas cuando le dices “te amo”? Yo te amo. ¿Te amo? ¿Yo? ¿Qué entrego cuando amo?, ¿A ti? ¿Y quién eres tú? ¿Qué de ti, yo amo? ¿Quién soy yo? Los sujetos del amor son enigmas moviéndose en un campo magnético, entre la predestinación y la elección, el azar y las carencias emocionales, y lidiando con esa dorada serpiente celeste que es “la seducción malsana que nos atrae y nos vence”. (Octavio Paz)

“El Yo no es amo y señor de su propia casa”, nos recuerda Sigmund Freud. Y en tratándose de amor nunca ha sido verdad más irrefutable. El Yo es apenas una parte de racionalidad del sujeto que está lejos de poseer un timón obediente. Al contrario, el Yo es un barco ebrio a expensas de sus pasiones y de otros fragmentos caóticos del inconsciente –esa locura- incapaces de ser organizados por la voluntad. El amor siempre será un diálogo, sereno o airado, entre la parte racional de la persona y su propia parte loca o divina.

¿Y si el Yo no es dueño ni de sus pensamientos como puede serlo de eso oscuro y remoto que es el amor? Siempre hay que descreer de esas solemnes palabras: “Yo te amo” porque el primer extrañado de decirlo, de sentir eso, es el propio Yo, que no se encuentra en sus cabales. Algo en sus profundidades ignotas se ha movido y ha puesto a hablar al Yo. El amor es una locura y lo único que es posible entrever es su abismo. Los amantes -alcanza a ver Platón en estas honduras-, “son los que permanecen unidos en mutua compañía a lo largo de toda su vida, y ni siquiera podrían decir qué desean conseguir realmente el uno del otro. Pues a ninguno se le ocurriría pensar que fuera el contacto de las relaciones sexuales y que, precisamente por esto, uno se alegra de estar en compañía del otro con gran empeño. Antes bien, es evidente que el alma de cada uno desea otra cosa que no puede expresar, aunque adivina qué quiere y lo insinúa enigmáticamente”.

El amor es, entonces, algo que no expresa sus deseos, porque no puede hacerlo, pero se insinúa enigmáticamente. “El amor, por tanto, no es algo de lo que dispone el Yo, sino más bien algo que dispone del Yo, algo que lo resquebraja, que lo abre a la crisis, que lo quita del centro del egocentrismo”, añade el filosofo italiano Umberto Galimberti.

El amor debilita la posesión de sí mismo, el Yo es desplazado y cede su centro y su cetro al otro(a) que es único y es todo, y que puede ser nada, nadie. Pero quien ama lo cree verdadero(a) con toda su fe y amándolo lo pone a orillas del abismo de la locura, y en raras ocasiones y por breves instantes, es feliz. Porque como dice Platón en el Fedro, la demencia amorosa “es por cierto un don que los dioses otorgan, y a través de la cual nos llegan grandes bienes”.

Y uno de ellos es la extensión narcisista de la pasión: al encontrar a la persona amada, parece que encontramos a nuestro verdadero yo. El otro, la otra, es la parte espiritual y angélica del enamorado, la carne y el deseo, la búsqueda de la procreación y de la trascendencia.

Comentarios: alfredo.espinosa.drhotmail.com

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