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JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ Y EL ARTE DE “BRINDAR POR EXTRAÑAS Y LLORAR POR LOS MISMOS ERRORES”.
Por: Manuel Gandara
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Por: Alfredo Espinosa
Desde la perspectiva de hombre de su tiempo, es decir, de macho, José Alfredo Jiménez cantaba y sentía de acuerdo con ese código de emociones. En aquellos tiempos estaba de moda que los comportamientos humanos adoptaran la forma de su estereotipo, y el macho quiso ser el primero en ese desfile de seres patéticos. He aquí un retrato hablado:

Entra a la vida como a una cantina,
toca su pistola y la frota,
entre dientes escupe como si eyaculara,
de reojo se mira en el espejo
(¿quién lo observa bajo los sombreros?).
Toma su tequila mientras los mariachis
amenizan el repertorio de sus dolores.
Entre hombres canta y se abre el pecho
y en los filos de una botella se desgarra.
Un amigo cura sus heridas y con él se raja
confesando que la ingrata se le fue con otro.
¡Ay, es un puro sufrir su borrachera!
No hay en el burdel mujer que lo redima,
sólo en casa su mamá lo mima.

José Alfredo Jiménez insiste en la apología de sus hipotéticas proezas de macho, en los elogios a sus desplantes de hombre de a deveras, dueño –si se lo propone– de todas las mujeres. Es más hombre que cualquiera, y para comprobarlo está dispuesto a reafirmarlo en cualquier lugar y contra quien lo dude. Toma tequila, usa pistola, se bate en duelos, lleva serenatas, pero la prueba de fuego, a la que no cualquier macho está dispuesto a someterse es a una que las mismas mujeres habrán de constatar. Si hemos de atribuir autenticidad biográfica a su canción La media vuelta, observaremos que su machismo llega a situaciones inimaginables como la de entregar a otro la mujer que le pertenece (aunque no estoy seguro de que la ame), sin los celos habituales, con tal de que ella confirme que su macho es único e irreemplazable:

Te vas porque o quiero que te vayas,
a la hora que yo quiero te detengo,
yo sé que mi cariño te hace falta
porque quieras o no, yo soy tu dueño.
Yo quiero que te vayas por el mundo
y quiero que conozcas mucha gente,
yo quiero que te besen otros labios
para que me compares, hoy como siempre
6.- Una particularidad relevante que explica el éxito de las canciones de José Alfredo Jiménez es que están escritas en el punto culminante de una acción amorosa, la más de las veces, tormentosa. Sus obsesiones fueron el abandono, la despedida, la traición, el desprecio, sentimientos que contrastan con una ilusoria entrega total de su parte. Quizá por eso canta cuando se siente herido y está a punto de llorar.

Se afirma que los amoríos que tuvo José Alfredo Jiménez fueron incontables. Pero es matemáticamente inconcebible que todas esas mujeres lo hayan abandonado tal como lo afirma en sus canciones; es más lógico deducir lo contrario. El tema del abandono en la canción mexicana es recurrente, pero alcanza en José Alfredo su culminación. Como los niños y los borrachos (y José Alfredo tenía mucho de ambos) suelen decir siempre la verdad, y como sabemos, el autor deja siempre trozos vivos de su existencia, a través de sus canciones, podemos indagar algunos misterios.

En toda mujer, el macho deseaba una madre que lo amara, hiciera lo que hiciera, de manera incondicional. O una dama para emputecerla, del mismo modo que muchas mujeres buscan un fascista para castrarlo. Tras el macho, lo sabemos, existe un hombre desvalido y necesitado, e inseguro de su virilidad, que en su conducta de disimulo y su discurso alburero, en sus infidelidades, celos irrefrenables (el león cree que todos son de su condición), y en sus canciones doloridas intenta catartizar su subdesarrollo psíquico, emocional y muchas veces físico, y le sale una grotesca tragicomedia en la que intenta exaltar los legendarios contenidos simbólicos de los genitales masculinos y sus glorias, mostrando –al fin de cuentas– más que sus hazañas, sus pequeñeces, impotencias y miserias. De esto sabe más que Freud, Paquita la del Barrio.

Así como puede realizarse el trueque de un inseguro de su virilidad en macho, quien padece el sentimiento de abandono puede transformarlo en su contrario y manifestarse en la compulsión de abandonar. Santiago Ramírez lo explica de esta manera: «En la realidad fenomenológica del adulto mexicano, la mujer es habitualmente abandonada por el hombre, sin embargo en su lírica, que es la expresión genuina de lo acontecido en la infancia, se llora por el abandono.

En el contenido manifiesto se culpa a otro hombre que llena el corazón de la ingrata; en el contenido latente es el hermano menor que nos desplaza del calor y la seguridad infantil. En la conducta real el mexicano hace activamente lo que sufrió pasivamente. Este abandono en ocasiones es cantado como lamento, en otras promueve la rabia, en otras más conduce al deseo, expresado musicalmente, de destruirse».

José Alfredo siempre cantó desde la llaga misma del dolor y de la melancolía; pero lejos de intentar curarla, la restregaba con tequila:

Sólo falta que tú me desprecies,
sólo falta que tú me traiciones
pa’ quitarme de plano la vida,
sólo falta que tú me abandones.

El origen y los móviles emocionales y psicológicos de las canciones de José Alfredo Jiménez no siempre son claros, pero según sus amigos músicos y arreglistas consideran que El Rey se la compuso a Alicia Juárez, y la estrenó inopinadamente mientras le daba serenata a la joven Alicia. Por lo menos es lo que afirma Jesús Rodríguez de Híjar: “Estaban enojados, recuerdo. Iban también Los Panchos… Alicia no se dignó ni siquiera a abrir la ventana, y con la ayuda del Güero Gil, también inspirado compositor, se pudo ahí mismo a escribir, sentado a la orilla de la banqueta, una canción que tituló Basura”.
Existe una correspondencia casi exacta entre las experiencias amorosas y las canciones que componía. Muy Despacito, para Irma Dorantes, Si nos dejan, para Columba Domínguez, Te quiero, te quiero, para Irma Serrano, Amanecí en tus brazos para Lucha Villa, y Debí enamorarme de tu madre, para Alicia Juárez.

7.- A las mujeres atribuyó su perdición. Pero volvía a ellas como un adicto, o mejor aún, como un masoquista incurable. Sus incapacidades personales en sus relaciones con las mujeres fueron una generosa fuente de inspiración. Ese conflicto lo hizo tan exitoso en su vida profesional como tan dependiente en su vida privada.

Pero las mujeres de su tiempo también respondían a un comportamiento social predeterminado: su mayor empeño residía en que su macho no extrañara los cuidados de su mamá; o se envanecían porque su hombre se emborrachaba por ellas y aun andando con otras en las serenatas le cantara las cosas de amor que en la intimidad no se atrevía. Muchas mujeres, en cambio, –más realistas y acaso menos románticas– preferían que el dinero que pagaban al mariachi lo aportaran para hacer menos dura la sobrevivencia y que las horas que dilapidaban en las cantinas las ocuparan ayudando a tender las camas de los niños y a perseguir a los camiones del gas y la basura.

José Alfredo nunca aceptó, por menos en las canciones, su responsabilidad ante las mujeres que amó o que lo amaron. Siempre creyó que con su sinceridad y su entrega incondicional bastaba para una adecuada dinámica relación de pareja. Cuando la relación se rompía, la mujer siempre resultaba culpable. El duelo por la pérdida del objeto amoroso nunca aparecía en sus canciones. Cuando la amada en turno lo abandonaba o elegía a otro, en el compositor surgían, con fuerza inusitada, los impulsos de venganza y desprecio quizá como defensa contra la herida narcicista y el duelo por la pérdida:

Qué bonita es la venganza
cuando Dios nos la concede
ya sabía que en la revancha
te tenía que hacer perder.
Ahí te dejo mi desprecio,
yo que tanto te adoraba,
pa’ que veas cuál es el precio
de las leyes del querer.

8.- Dios siempre estuvo de su lado en las leyes del querer. Comprende mejor porque también es hombre.

José Alfredo Jiménez escribía canciones con cada uno de los conflictos que tenía con las mujeres: “Las más grandes penas, las debo a mis amores”, solía decir, y ufanándose afirmaba que “si el corazón doliera, yo viviría en un grito.”

La felicidad es una historia que pocos viven, pero la desdicha alcanza niveles trágicos en las canciones que delatan nuestras experiencias amorosas. Para quien ama y es traicionado o no correspondido, la vida se vuelve un infierno, y se verá obligado a probar ese turbio brebaje paladeado en la soledad, ese ardiente veneno que otros llaman nostalgia y que tan lentamente transformará el corazón en un puñado de semillas amargas.

Esto le ocurrió a José Alfredo Jiménez. Antes de Paloma, amó a una mujer quien lo despreció. Cristina es “Ella”, la mujer a la que José Alfredo se cansó de rogarle, por quien su vida se perdió en un abismo profundo y negro. Y esa relación sirvió de molde para las posteriores. Y nunca pudo quebrarlo, pese a que la tal Cristina, ya cuando el compositor era famoso, se arrepintió y quiso tenerlo entre sus brazos. Fue el último brindis entre una reina que dejaba de serlo y un bohemio que nunca abandonaría su copa, sus brindis, sus llantos:

Ella quiso quedarse
cuando vio mi tristeza,
pero ya estaba escrito
que aquella noche
perdiera su amor.

A partir de entonces, José Alfredo comprendería que el amor es un arte letal, sin embargo, José Alfredo en cada adiós se sentía inocente, o presa vulnerable ante las fuerzas del destino, y ya perdonado por sí mismo, a la mínima provocación se permitía, otra vez, «brindar con extrañas y llorar por los mismos errores», las mujeres tenían que pagar caro su fracaso.

Caer en los mismos errores fue la historia que insistentemente se repetía en José Alfredo: aprendió a sacar un clavo con otro clavo. Esto lo hacía cada vez más macho y a las mujeres cada vez más pirujas:

El camino que tú has escogido
yo lo anduve mil veces también,
(más recuerda que yo soy un hombre
y el hombre no pierde como una mujer).

Fuente: manuelgandaras@hotmail.com
WCh

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