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JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ: LA VIDA NO VALE NADA
Por: Manuel Gandara
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Por: Alfredo Espinosa
La eternidad de los amores es efímera. Y aunque es breve la vida, y frágil, es suficiente para hacerse añicos en ese peñasco llamado amor.

José Alfredo Jiménez, como tantos hombres que han querido decirle adiós a una mujer, se tomó otra vez una botella de alcohol de 96 grados y se dijo envalentonado: “Voy a decirle adiós, ahora sí, por vida de Dios que sí, que ahora sí la mando a la chingada”.

Lo mismo repetimos todos una y otra vez para agarrar valor, recordamos los sucesos de la últimos días, y con la baraja entre las manos y las cartas sobre la mesa, José Alfredo nos inspira y nos aconseja, nos consuela que el mal de amor es mal de muchos:

Cuando pienses en otro, no te importe mi suerte.
Es la ley de la vida, adorar para sufrir.
Ya me diste cariño, ya me diste ternura, ya me hiciste feliz.
Y después de tus besos y de tantas caricias, que me importa morir.

Y bebemos una copa más para darnos valor, y tú ya sabes como es esto, sobre arenas movedizas de una cantina, quienes han sido derrotados por el amor, con el pantano llegándote hasta el cuello, y la vida yéndose con las copas y desinhibiendo la memoria herida, recordando a la persona amada que es más hermosa cuanto más se emborrachas, a ella, la más ingrata, la más puta, la más hija de la chingada, ay, a ella, la más amada de todas, y en un arrebato decides ir a su casa, buscarla, reclamarle, y ya bajo su ventana, con la daga bien hundida, decides darle serenata.

Yo pa´rriba volteo muy poco

Tú pa´abajo no sabes voltear

José Alfredo Jiménez, todo corazón, aspiraría a que el amor desvaneciera los límites y las jerarquías impuestas por las castas sociales. Intuía que el corazón es el único territorio en donde los burgueses y los proletarios podrían amarse. Enamorado, se convencía que la lucha de clases olvidaba sus enconos cuando dos almas suspiraban.

Pero también sabía que para los enamorados el mundo se organizaba en su contra y habría que alejarse de él como de un animal ponzoñoso y esconderse en algún lugar idílico en donde no hubiera justicia, ni leyes, ni nada, nomás el amor y ya: “si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida…”

Sin embargo, cuando se olvida de sus bravuconadas y de sus revanchismos, y dedica su voz a cantar a ese pequeño, íntimo y entrañable mundo de la pareja cuando se ama, en silencio, plenamente, como entre sueños, José Alfredo Jiménez alcanza un lirismo de fina sensibilidad, impecable desde el punto de vista poético, y a la altura de las más bellas canciones de Álvaro Carrillo.

En las embriagueces del amor, cambia el tono áspero del desengaño y modifica la voz dolorida por la sugerencia susurrada. En la cama, sin vencedores ni derrotados, sin pretender demostrar nada sino sentir y hacer sentir el amor, el compositor de México logra una de sus mejores canciones. A su lado está una mujer, y una mujer, él lo sabe, es la criatura más bella de la naturaleza, la arquitectura más hermosa, un poema visual, un paisaje maravilloso de cumbres y hondonadas.

José Alfredo la ha besado, la ha recorrido con sus caricias, resbalando, subiendo, penetrando en ese milagroso territorio de escalofríos, latidos y ardorosas quejas; con ella ha galopado en el mejor de sus corceles, y ha volado un poco y tocado el cielo.

José Alfredo lo sabe, abre la ventana y una noche entra a refrescarlos y él nos invita a mirar su alcoba mientras él mismo ve hacia afuera y se inspira. Describe la escena como si fuese un admirable director de cine y nos hace percibir que cuando se amanece entre los brazos de la amada, el amor es un milagro:

Cuando llegó la noche,
apareció la luna y entró por tu ventana,
¡qué cosa más bonita
cuando la luz del cielo
iluminó tu cara!

José Alfredo vivió el presente con toda intensidad; fue un compositor fecundo porque gastaba la vida con despilfarro. Sabía que no valía nada la vida, que sólo nos servía para irnos muriendo, que sólo daba tiempo para hacer la cruz de pesadumbres y el rosario de dolores, tomarse la del estribo, y partir al misterio de la noche. Sabía que sólo el amor, en su máxima entrega, lo podría detener un poco aquí en la tierra.

Un ejemplo de cómo amaba José Alfredo lo expresa él mismo en una hermosa y reveladora carta que escribe a la «Tigresa» Irma Serrano un mes antes de morir. En esa carta resume sus características psicológicas, su concepción de la vida, su capacidad amatoria y la manera en que algunos acontecimientos afectivos conmocionaron su vida.

En esa carta comienza por decirle: «es que soy bohemio y queo que te queo mucho...» Enamorado aún, regresaba a los sentimientos infantiles del abandono con palabras que corresponden a las de un niño de dos años o a las de un borracho a las tres de la mañana.

Al escribir estas líneas a la «Tigresa» también pensaba en su madre: «¿Qué va a pasar el día en que se muera tu amor? ¡Será igual al día en que se muera mi madre!»

Líneas más abajo con el mismo tono de niño desvalido le dice: «Te quiero por tus manos cariñosas, por tus ojos que me miran con tanta ternura cuando me porto bien y con tanto odio cuando pido una copa. Te quiero por tu voz que me habla como una niña chiquita para consentirme y como vieja grosera para regañarme».

Al despedirse de la Tigresa, en la posdata escribe: «aunque a mí me esté llevando... ya sabes... te quiero, te quiero, te quiero, te quiero...» y lo repite treinta y seis veces, y abajo firma: Gato.

Irma Serrano, sin pelos en la lengua, refiere una anécdota en la que José Alfredo Jiménez le imploraba así: «Déjame solamente calentar con mis manos tus piecitos, me decía acariciándomelos, mientras yo, apoltronada en mi cheslón, alargaba con un pincel mis cada vez más prolongadas rayas de los ojos. En mi pose de tigre perezoso, él se extasiaba en una contemplación sumisa. Era un soñador auténtico que se entregaba total e incondicionalmente al amor.»

Hombre de largos tragos, de súbitas inspiraciones, siempre fue congruente hasta el último momento con sus canciones. No deja de resultar paradójico que José Alfredo Jiménez, de arraigadas dependencias emocionales, haya nacido en Dolores Hidalgo, la cuna de la Independencia.

Cuando la premonición de su muerte rondaba en sus palabras dichas en 1972, José Alfredo alcanzó a agradecer a su pueblo «que lo quisieran a él y a todas sus canciones»

Murió de cirrosis hepática como estaba obligado a morir porque siempre curó sus heridas con tequila. Quiso que lo enterraran en su pueblo y no en la Rotonda de Hombres Ilustres.

...aquí me quedo paisanos

Aquí es mi pueblo adorado.”

El pueblo lo despidió con flores, lágrimas, rezos, brindis y canciones. Cuando lo estaban velando, el Indio Fernández irrumpió con un mariachi y dos botellas de tequila para echarse el último trago con José Alfredo. José Alfredo esa vez no pudo acompañar al Indio pero sí lo hizo Chavela Vargas.

Desde el 23 de noviembre de 1973, José Alfredo ya no compone más, pero sus canciones, en este momento, son cantadas por miles de mexicanos. Su estatua preside las noches de Garibaldi y su espíritu las oscuras noches del alma.

Y aunque El Rey siga cantando, descanse en paz tras el epitafio que él mismo escribió: La vida no vale nada.

(Esta es una parte del ensayo “José Alfredo Jiménez: el aciago fulgor de la desdicha” de Alfredo Espinosa.)

Fuente: manuelgandaras@hotmail.com
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