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ES MÁS ESCANDALOSO NO SABER AMAR
Por: Manuel Gandara
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Por Alfredo Espinosa
La felicidad no es un buen tema para las canciones que tu alma elige. Las historias amorosas necesitan ingredientes de riesgo y aventura.

Víctor Hugo solía decir que las cadenas del matrimonio son harto pesadas y que por eso convendría cargarlas entre tres. Las mujeres de hoy seguramente le responderían: “Sí, Victor Hugo, tienes razón, pero asegúrate que la tercera persona sea un hombre joven y fuerte”.

Los amantes van en busca de un poco de cielo, de alguna nube, y aunque entre a un campo de batalla, ellos llegan tomados de la mano, besándose, enredando sus almas en un apasionado cuerpo a cuerpo. Ignoran que el amor es una criatura que se arrastra como las serpientes y que tienta como los dioses; que su historia es sencilla y corta y sucede entre una sonrisa y la muerte; que escribe sus memorias sobre viejas partituras, con besos y arrumacos, pero también con la sangre de las nuevas desdichas.

El amor es un sentimiento que carece de definición. Es una palabra que sugiere penumbra y niebla, azar y azoro, metáfora y canción. Es un sentimiento que convoca a todas las emociones y las amotina en el corazón, y lejos de aclararse en esos territorios ahí se vuelve un nudo de contradicciones, un nido de enigmas. El amor es al mismo tiempo maravilloso y aterrador, es fuego helado o hielo ardiente, provoca alegrías grandiosas pero también produce hondas penas; hiere y cura; es pócima de venenos letales o licor de sublimes delirios. El amor revuelve los pensamientos, desata la jauría del sexo, sobresalta el sueño. Es una maldición o una bienaventuranza.

El amor surge si dos miradas se encuentran –“dos saberes inconscientes que se reconocen” –apunta Jaques Lacan, y se siguen sin que sepan quién sigue a quién ni hacia dónde se dirige uno o el otro. Esa el la única manera de experimentar la libertad ajena: soy distinto si otro me mira, y mientras más profundamente lo haga, más me pierdo, y al mismo tiempo más voy siendo yo mismo y más me conozco. Siempre hay una parte de nosotros mismo en la otra parte, y esa es una razón por la cual la amamos.

Ah el amor: ¿lo has vivido? Su corazón en mi corazón, su rostro encarcelado en mi mirada, mi nombre dicho por sus labios, su ser que no logro asir con palabras y abrazos pero que ya siento mío, y sin embargo se escurre, se extravía en mí y conmigo y sin mí.

El amor es un sedante, un anestésico que mitiga los dolores de la vida. Esa persona se te clava entre ceja y ceja como un clavo ardiente y te acelera el corazón. Son amores que levantan los deseos y humedecen las guaridas más secretas.

¿Te acuerdas como empieza todo esto? Ya lo he dicho, pero te lo recuerdo: te habías fatigado, cada vez más te quejabas de la opaca y doméstica dicha conyugal, habías hecho un alto en el camino, escrutaste el horizonte y no percibiste peligro alguno; te olvidaste incluso que estabas en la jungla y te atreviste a abandonar tus armas de guerrero por un momento; te despojaste de la armadura que siempre te había protegido y comenzaste a sentir el aire limpio, la lluvia fresca, las caricias suaves, el agua de los arroyos cristalinos, la yema de sus dedos en tu piel, sus besos como si saborearas jugosas rebanadas de sandía, racimos de uvas… Quizá te emborrachaste un poco, te dormiste y soñaste con que la selva se podía organizar en dóciles jardines y huertos domésticos…

Luego, ya sabes, la besas. Una y otra vez y otra, y una larga sesión de besos comienza. En el lenguaje amoroso, sus letras más candentes se escriben con besos. Besos dulces, profundos, prolongados. “Dame mil besos –cantaba el poeta veronés Catulo- y después dame cien más,/ y otros mil más y después otros cien más,/ y muchos miles hasta que enredemos la suma/ y no sepamos cuántos besos nos damos/ ni tampoco los envidiosos lo sepan”. Las lenguas pasean por los labios, se entrelazan, se deslizan; algo de amor escriben las lenguas sobre las lenguas, se extravían haciendo el vino y la miel de los amores delirantes. Con besos se abren las fortalezas selladas, se derrumban los muros, se encienden los fuegos. Con besos así, dos se siente uno, respiran el mismo aire, beben agua del pozo de la otra boca.

Luego la muerdes un poco, resbalas las manos por su geografía y tocas sus cumbres y sus hondonadas, y su aliento se pone calientito cerca de tu oreja y sientes que se hunden sus uñas en tu espalda, la desnudas lenta o frenéticamente, y libre ya a tu escrutinio y contemplación, plagiando unos versos de Jaime Sabines le dices: “Te quiero porque tiene las partes de la mujer en el lugar preciso y estás completa. No te falta ni un pétalo, ni un olor, ni una sombra”. Pero justo en el momento des descenso, cuando la tumbas sobre la sábana, se te olvida la poesía y con tonos arrabaleros, le dices ese piropo de albañil que tan buenos resultados te ha dado: “Mamacita, te estás cayendo de buena”.

Y ella se extiende sobre la sábana como un manjar exquisito, o como un cuerno de la abundancia que se derrama en frutos, y entonces tú comienzas por tomar una cereza, te empalagas con los dátiles, luego chupas un melón, muerdes un higo, y ya entrado en los deleites se te antoja una papaya, y a ella le sobreviene un repentino un repentino antojo de pepinos y duraznos y entonces la charla se anima y ella, abierta a tus deseos, te dice como la Sulamita al rey Salomón: “venga mi amado a su huerto y como sus frutos deliciosos”, y ya juntos, unidos, dialogando ya, confundidas la carne que se yergue con la carne que se abre, se tocan, se magullan, se enchufan, se dan vueltas y prosiguen con este diálogo inmemorial entre los amantes:

“puedo tocar, dijo él/ qué tanto, dijo ella

bastante, dijo él/ porqué no, dijo ella/

vamos, dijo él / no muy lejos, dijo ella/

qué es muy lejos, dijo él / donde tú estás dijo ella/

puedo quedarme?, dijo él/ cómo?, dijo ella/

así, dijo él / si me besas, dijo ella/

puedo moverme, dijo él/ es amor?, dijo ella/

si tú lo quieres, dijo él/ (pero me matas, dijo ella/

pero es la vida, dijo él/ pero tu esposa, dijo ella/

anda, dijo él) / ay, dijo ella/

(qué rico, dijo él / no pares, dijo ella/

Oh no, dijo él)/ despacio dijo ella/

Vvvienes?, dijo él/ uuuum, dijo ella/

Eres divina!, dijo él/ (eres mío) dijo ella.”

Algo misterioso ha sucedido. Los amantes sonríen, hablan a solas, miran la luna, escriben y leen versos, se regalan perfumes, tratan con benevolencia a sus enemigos, aseguran que el mundo es bueno y el futuro venturoso y con orgullo habitan el reino incomprendido de la cursilería. Al fin de cuentas, ¿qué es el amor? Un espíritu que media entre los dioses y los hombes, que dota a quienes aman de una sensibilidad capaz de detectar la belleza y la bondad existente en este mundo cenizo y desgarbado.

El amor es un acto loco y fugaz en que las personas son más de lo que habían sido, trastoca, rompe con las rutinas, las reglas y el orden de la vida. “Enamorarse” afirma Robert Louis Stevenson, “es la única aventura ilógica, la única cosa que estamos tentados a considerar sobrenatural en nuestro vulgar y razonable mundo”.

Esa persona es excepcional, lo juras, y cada vez que la desnudas te parece otra, o la misma pero con más gracias y bellezas. Cada vez que te unes a ella y la posees por entero, se abre un espacio vertiginoso, un hoyo negro en el que te pierdes y en ella te encuentras ahí donde ninguno es, y son uno y dos y muchos, distintos e iguales, porque, en verdad, el amor es inaccesible, aunque tú creeas aprehenderlo cada vez que abrazas a la persona amada. Y a veces sucede lo que describe Giovanni Papini: “el abrazo carnal se parece a la asfixia; y cuando los besos no bastan para obtener la imposible unidad, los dos se muerden como si quisieran arrancar la carne del enemigo e incorporársela para fundirse al fin gracias a una amorosa antropofagia. El macho penetra a la hembra como con una espada en una vieja herida… El término del deseo es un doble agonizar y el supremo espasmo se parece al de la muerte con gemidos y estertores. Pero los moribundos, al resucitar, estás otra vez divididos en dos cuerpos, en dos almas, solos…”

Pero nada te detiene. Estás descarrilado(a) por esa persona. Has abandonado los rieles que te llevaban de la casa al trabajo, del trabajo a la casa. Ahora vas libre, a la deriva, dispuesto a perderte en los cánticos de las sirenas. Y vuelves a desnudar a la persona ilícita pero amada, la miras, la hueles, la tocas, saboreas sus labios, el allegro de su corazón, el ruido acompasado, galopante, frenético que hace el enchufe de los sexos, escuchas sus gemidos, tu nombre pronunciado por ella en el momento del estallido. ¿Hay más dicha que en esos momentos? El deseo es una droga. Y enyerbado como andas cometes errores. Lo que debía mantenerse en el clandestinaje, sale del closet y se interna en la vida pública. Estás dinamitando tu casa, vas a perder las paz que tanto te ha costado construir, te dicen los amigos y los desoyes; piensas que la envidia los corroe, que no te comprenden. Y comienzan las murmuraciones de la gente pero el qué dirán ya no te afecta. Es un escándalo, dicen, y hasta te maldicen al verte pasar, y en voz de José Feliciano o Marco Antonio Muñiz, embotado de pasión y tequila, le susurras a tu amante, no hagas caso de la gente y quiéreme más, y sigues adelante, y a los otros que tienen para ti malos presagios o chismes que roen les respondes, es más escandaloso no saber amar. (Este es un fragmento de mi libro Amor, miel y veneno)

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alfredo.espinosa.dr@hotmail.com




 
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