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TREINTA AÑOS EN ALGUNAS ESTAMPAS
Por: Manuel Gandara
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Por Alfredo Espinosa
Un domingo como este, pero hace treinta años, apareció mi primer entrega de un tema que habría de sorberme el seso durante, por lo menos, diez años. ¿Quiénes, cómo somos los Chihuahuenses? Era el tema que me desvelaba. Este trabajo de escritura y reflexión desembocó en un libro. Tierras bárbaras, navegaciones sobre la identidad chihuahuense, se inscribe en la tradición del ensayo que, desde el sujeto, desde el testimonio propio, busca aproximarse, si no a las verdades inaccesibles, sí a una interpretación congruente de esas fuerzas misteriosas (sociales, psicológicas, culturales, míticas) que subyacen en los pueblos y que a la simple observación esbozan una difusa personalidad colectiva y se rodean de ese halo enigmático, ese asunto elusivo y peliagudo llamado identidad que los distingue, casi irrefutablemente, de los otros, de los extraños.


Hoy lo celebro con algunas estampas.

1.-¿Qué diablos quiere decir Chihuahua?

Los turistas no saben si Chihuahua es una majadería, un autobús, un perrito que anuncia tacos gringos, una canción de moda, un sabroso queso de una franquicia germano—menonita, o un país singular y bárbaro. Pero nadie escapa de la fascinación que provoca su nombre al pronunciarse.

Chihuahua es una palabra que gruñe y ladra. Su primera sílaba, sílaba ruda que enseña los dientes y chasquea un poco su propia rabia, la delata como una palabra de raza de fieras. Luego, con sus otras dos sílabas, ladra y espanta. El eco de sus sílabas bravas perdura en quienes la escuchan por primera vez. “Tiene un sonido excitante. Sus sílabas vibran con un ritmo dramático y atrevido”, según lo escucharon Florence y Robert Lister.

Chihuahua es una palabra dura, ronca, agresiva, eléctrica, quizá por eso se le emparenta con la familia de las malas razones. Chihuahua posee la primera sílaba decisiva de esa palabra terrible y mexicana que al proferirla te manda mucho a la Chi...ngada.

Pero, en contraste, la onomatopeya de sus sílabas puede escucharse como el inicio de una cascada de agua. La segunda y tercera sílaba son acuosas y su repetición, además de eco, sugiere tránsito y caída. La palabra posee una recóndita ternura.

¿Quién sabe, en realidad, el significado de la palabra Chihuahua? Francisco R. Almada, en su Diccionario de Historia, Geografía y Biografía de Chihuahua consigna que la etimología de la palabra Chihuahua posee cinco acepciones: 1.-Lugar de Fábricas. 2.-Junto a dos aguas. 3.-Lugar de piedra agujerada. 4.-Costalera o saquería. 5.-Así seco y arenoso.

2.- La Fundación de Chihuahua

En 1709, Antonio Deza y Ulloa decidió que la cabecera municipal se asentara entre los ríos Chuviscar y Sacramento, quizá por la reminiscencia de que el paraíso, dicen, se ubicó entre los ríos Tigris y Éufrates. Antes de ser llamado Chihuahua se le designó de acuerdo a la pomposa y sacra manera española: Real de Minas de San Francisco de Cuéllar. El crecimiento de esta población fue vigoroso y ya en 1718 se convirtió en Villa de San Felipe El Real de Chihuahua. Malabarismos verbales que al fin de cuentas le otorgaban mayor importancia debido a que el núcleo de pobladores se multiplicaba y extendía con un ritmo constante. En 1763 se levantó un censo y la población llegó a los casi cinco mil habitantes. El 19 de junio de 1823, se decreta la creación de la provincia de Chihuahua, separándola así de la Nueva Vizcaya y en esos años la creciente Villa de San Felipe se convirtió en la pujante ciudad de Chihuahua. Un año más tarde, Chihuahua se sacudió el lastre de ser llamada “provincia” convirtiéndose en un estado de la Federación Mexicana. Y en ese momento alcanza también su calidad de capital del estado.

3.- Diálogo entre el Ángel y el Fundador

Me gusta la estatua del fundador Antonio Deza y Ulloa que se encuentra frente a la Catedral de la ciudad de Chihuahua.

Ahí esta Antonio Deza y Ulloa, petrificado en la plaza de la Catedral, vestido a la usanza española del siglo XVIII, en una actitud resuelta y con un ademán vigoroso estirando el brazo derecho hacia el frente y dirigiendo el índice hacia la tierra. La mirada hacia lo alto, firme, con el libro de la fundación de la ciudad de Chihuahua en la mano izquierda replegada al pecho, cercano al corazón.

¿A quién mira Deza y Ulloa? A un hermoso ángel libre y alado que apoya su pie desnudo sobre una roca. El ángel parece detenerse, de puntitas, a la mitad de la Catedral, entre sus dos torres. El Ángel mira hacia lo alto y hacia allí apunta su índice decidido como señalando el verdadero reino de los hombres. Pero Deza y Ulloa replica: el cielo no, aquí en la tierra. Y con firmeza apunta su índice hacia abajo diciendo: aquí.

El Ángel y el Fundador de Chihuahua están destinados a establecer una diatriba interminable, como en otro tiempo Aristóteles y Platón, según fueron concebidos por Rafael, caminando por la Escuela de Atenas, defendiendo cada uno su propia concepción del mundo. Mientras que el ángel (como Platón) se empecina a convencernos que el verdadero mundo está en el cielo, el fundador refuta, (como Aristóteles) afirmando que los mundos reales echan raíces en la tierra. Entre el Ángel y el Fundador, ajenas a toda polémica, vuelan las palomas y se detienen en ellos, zurean y defecan.

4.- El Chihuahuense como el Mezquite

Cuando vivía un tórrido romance con Chihuahua (ahora me peleo con mi tierra, como con una amada dulce y bronca pero siempre perdurable), miraba los mezquites y escribía cosas como ésta: el chihuahuense mira al desierto, lo siente. Él es una presencia orgullosa de ese paisaje. Se para de frente y permite al desierto que le pula sus rasgos: el aire pasa por los ralos zacatales sin detenerse y sarandea a los desnudos varejones. El aire viene deprisa y al pasar rasga su invisible piel y sangra en los rosales. Quizá esa sea la razón de las rosas de Chihuahua.

Todo pasa por el desierto sin cantar ni jugar. Todo es violencia sobre estas tierras donde se enseñorea y se ensaña el sol. Sus lumbres cuelgan de los mezquites la flor de la incandescencia. Las miradas se lastiman en la extensión infinita del desierto, con esos arbustos hirsutos que presumen sus fierezas, sus espinas puntiagudas, gatuñas, ortigosas.

El desierto, amarillo, es un sembradío de ánimas en cólera.

De todo lo que el chihuahuense mira en ese gran espejo que es el desierto, ¿a qué se parece más? El cactus es un monje que levanta los brazos y dice sus dolores y desgracias. Es un fraile insolado y loco. El güamis gobierna los extensos territorios de la desolación; las rodaderas ruedan por los rumbos que los vientos sucios les obliguen, por las calles del mundo de los pueblos, y cuando se incendian se transforman en brujas y vuelan, rodando, y mientras asustan se destruyen a sí mismas.

Ahí está el ocotillo ofreciendo al viento sus varejones coronados por su flor encendida, el cardenche, la palmilla, el chamizo, el huizache, pero el chihuahuense se parece más al mezquite.

El mezquite crece en el desierto sin pedirle permiso a nadie. Su nacimiento y desarrollo es la fundación de un error o de una aventura. Ahonda profundamente sus raíces, endurece sus ramas como brazos correosos, y pese a su apariencia de exagerada tozudez, en un acto de generosidad, nos entrega en el desierto su sombra escueta y sus magros frutos.

El chihuahuense es un mezquite, el verdadero vencedor del desierto.

5.- La Chihuahuenidad

La mexicanidad es un mosaico de identidad: unidad y diversidad. Compartimos un lenguaje, una religión y una constitución. Nos reconocemos en los símbolos patrios, las fechas históricas y los héroes nacionales, pero al mismo tiempo nos diferenciamos por las particularidades de nuestras manifestaciones regionales, locales y étnicas.

Las diferencias de estas culturas o caracteres regionales son resultado de las diversas condiciones históricas, sociales, económicas, políticas, ecológicas y culturales. Entiendo la chihuahuenidad como un proceso, no como una esencia. Es una creación permanente, una experiencia colectiva y una vivencia íntima. El territorio imaginario en donde todos somos reales.

Chihuahua es único y plural: es frontera, desierto, llanura y sierra. Es campo y ciudad. Tortillas de harina, quesos, manzanas, nueces y sobre todo, carne asada. Es Pancho Villa, Ángel Trías, Luis Terrazas, Teporaca, Victorio, Ju y Gerónimo. Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, José Fuentes Mares y Francisco R. Almada. David Alfaro Siqueiros, Aurora Reyes, Jesús Gardea, Carlos Montemayor, Luis Y. Aragón. Cholos, cheros, countries, rancholos, fresas y juniors. Tin Tan, Lucha Villa y Juan Gabriel. Postales de Tarahumaras, la Catedral y la Puerta de Chihuahua. Maquiladora, narcotráfico y fayuca. La rapacidad de la clase política. Violencia, sicarios, ejecutados, muertas de Juárez, migrantes muertos por la sed o las balas. Los corridos y Jesusita en Chihuahua. Frontera, ciudades, sierra y desierto. Paquimé‚ y Cíbola: espejismo y realidad.

Ni la capital del mundo que pretenden los parralenses, ni el Cuautitlán con el que menosprecian los defeños. Chihuahua es sus distintas regiones, y el chihuahuense son los diversos chihuahuenses. Chihuahua es usted y yo.

Total que la chihuahuenidad, esa ilusión óptica, ese retrato en que nos reconocemos, esa escabrosa materia de la que estamos hechos los chihuahuenses, es un páramo de espejos, un espejismo del desierto.

6.- El chihuahuazo

La identidad es eso misterioso y entrañable que en la nostalgia y en la lejanía, en el exilio, en ciertas circunstancias emocionales, nos hace conmovernos ante un signo, una señal, que nos recuerde la patria chica, sus desiertos natales, sus serranías majestuosas.

Yo la entendí cuando perdido en la sierra oaxaqueña, entre los indios chatinos, muy pocos de los cuales hablaban castilla, escuché a través de mi pequeño radio de transistores unas notas conocidas de Pedro de Lille:

Eres mi tierra norteña/ india vestida de sol,/ brava como un león herido/ dulce como una canción./ ¡Qué bonito es Chihuahua!

Con “El corrido de Chihuahua” todo y una alegría nueva, magnífica, desbordante, me conmovió. Sentí esa turbulencia del alma, ese arrebato ciego, ese imperio de instintos que exigían abandonarlo todo y regresarme a Chihuahua.

Más tarde sabría que ese instante loco en que la nostalgia nos encaja las espuelas en el costillar, se llama chihuahuazo. Ya muchos lo habrán vivido a su manera y contarán sus propias anécdotas.

Y desde entonces me vengo preguntando esto: ¿Cuáles son las raíces de la identidad? Aquellas, indudablemente, que se hunden en la historia de nuestros pueblos y en la biografía de nuestras querencias: las raíces de la identidad nacen del corazón de nuestros muertos y antepasados (pueblos o personas), que se han convertido en troncos de portentosos árboles genealógicos de los cuales nosotros somos una delgada rama, una hoja apenas del follaje que en algo ayuda a ese canto general de las vidas cuyas notas se van entretejiendo con las generaciones, y van conformando las tradiciones y las identidades.

alfredo.espinosa.dr@hotmail.com





 
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