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"En Vermont (Estados Unidos) , las mujeres necesitan un permiso firmado de sus maridos para usar dentadura postiza. "

EL BAILE: DISCURSO DE LA SEDUCCIÓN.
Por: Manuel Gandara
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Por: Alfredo Espinosa.
El baile te abre los sentidos, libera los cuerpos y llega un momento en que la música te invade y te mueve por dentro y el baile empieza a salir a borbotones del corazón. Fíjate en esos dos que se dirigen a la pequeña pista. Acaban de conocerse. No importa quiénes sean o qué cosas cargan en su costal. Míralos, ambos están dispuestos a olvidarse de las penas y a aligerarse de los pesos muertos. Mírala a ella abriéndose cancha entre el bamboleo de los enormes senos de esa dama que se agita en un baile descocado. Él piensa cuando mira bambolear esos globos aerostáticos: quizá estemos disfrutando la última generación de mujeres naturales. Pero de inmediato confirma que desde hace años las mujeres han sido atrapadas por la seducción de la lipoescultura y de los implantes, luego se olvida de sus pensamientos y mira con que cadencia mueve ese cuerpecito que antes que se lo coman los gusanos, se lo ofrece a los humanos; mira sus ondulaciones, su sensualidad. Es la serpiente ofreciendo la mejor de sus manzanas. ¿Sabes que le dice ella a él con su lenguaje corporal? Le dice: véeme, esto que se mueve con la gracia del fuego puede ser tuyo. Mira como se da la vuelta y agita su trasero a una distancia que él pueda admirarlo y apetecerlo, y luego, como si nada hubiera ocurrido, la sonrisa y la mirada, apenas una insinuación misteriosa. Él ya entendió el mensaje pero sabe que no debe apresurarse, que la noche es larga, y él mismo empieza a mover los demás grupos musculares que estaban un poco oxidados y se relaja; con el baile y esta musiquita se le enaceita el alma. Total, la fiesta apenas comienza y quiere demostrar que él también tiene los suyo.


Y empieza a pasar su mano por la cintura con deslices que pudieran considerarse accidentales. La desea, la quiere suya, pero ella no se abandona, no quiere ser el objeto de su deseo, sino ser su deseo mismo. Y él piensa, si como lo meneas lo bates, mamacita, qué rico chocolate… Y eso, como cuando estás cocinando un buen platillo, requiere de tiempo, de una rica fusión de ingredientes, de condimentos, de irlo sazonando a fuego lento para que a la hora de llevártelo a la boca, esté en su punto. Es cuando el baile entra en una nueva fase, él la atrae pero ella se resiste poniéndole freno. Con la mano en su pecho es suficiente para mantenerlo a raya por más insistentes que sean jaloneos para arrimarla a su cuerpo. Pero ella le sonríe como diciendo, no que no me guste pero todo a su tiempo. Él lo entiende porque no le queda de otra, pero disfruta esa luchita que ella le propone como vía para la conquista con sólo tumbar lentamente sus pestañas. Esto puede ser un baile más, un simple escarceo oleaginoso pero también puede ser el inicio de una relación mágica. El baile habla mejor que nadie. Es el discurso más eficaz en la seducción. Nadie que sepa bailar será un solitario. El baile es un plus… La química aquí comienza: ¿estudias o trabajas?, ¿quién eres?, ¿cómo pude estar todos estos años sin ti? Y chocan las copas, los invaden las feromonas perfumosas, respiran la música, son espejos de sus risas, nadie existe en el mundo más que nosotros, se dicen sin palabras… y poco a poco siente que va cediendo, ya no le pone el freno, los cuerpos se juntan levemente y se despegan, una y otra vez, con naturalidad como si fuese una exigencias de la música y la coreografía del baile “mueve tus caderas cuando todo vaya mal”, aconseja Sabina, pero en esos roces ella ya tuvo la oportunidad de confirmar un dato que le interesaba: medir el calibre y la consistencia. Quiere saber si lo que sazona ya se está poniendo en su punto, y sí, dice con su sonrisa amplia, con ese paquete podrá entretenerse esta noche o toda la vida…

Afirman los que son buenos para el baile que esa diversión les proporciona una oportunidad insuperable para llevarse un mayor número de mujeres a la cama. Las mujeres creen que los hombres que saben bailar, también saben mover la cama. Y es que transpolan –dicen los jactanciosos-, el ritmo del baile a los movimientos de la alcoba, y añaden, y cada milímetro cuenta. “Como bailas, coges”, afirman con una contundencia que incomodaba los hombres rudos que no bailaban. Los rudos se sientan cerca de la barra y bebiendo miran el jolgorio descubriendo con perplejidad que hay hombres bailando y pronuncian entre eructos: “Los hombres, ya pedos, hasta bailan”. Ellos, en cualquier momento se presentarán ante las damas seguros de que verbo mata bailecitos y que billetera mata carita, verbo y bailecitos, concluían.

Gustaba visitar antros populosos para mirar a las yeguas que aquí relinchaban. Ahí aprendió a interpretar y a bailar los ritmos populares como las rancheras, la banda, el country, o las cumbias. Las rancheras eran monótonas y desdichadas; y las bandas, airientas y de una cursilería miserable; las cumbias eran alegres y de letras pícaras extraordinariamente ñoñas, afirmaba cuando no las entendía. Pero paulatinamente fue entendiendo esto: Tanto la banda como las rancheras, son norteñas, y por tanto dependen mucho del ritmo de los caballos, y de las oleadas del mar y el viento que de pronto se vienen en el campo o en la playa. El caballo, al caminar o al trotar, sube de una en una las patas delanteras y las vuelve a bajar. El jinete que va sobre él, cuando monta, se ladea de un lado a otro y cuando galopa eleva y baja el cuerpo. Eso mismo se hace en el baile. Bailas como si fueras montando, de arriba abajo, o como si fueras el caballo. En el country, el caballo que montas o que eres, se exhibe elegante y educado como los caballos de Antonio Aguilar o los de los rejoreneadores. El toro quiere arrimarle los pintones y la yegua se evade con elegancia y gracia insuperables. La cumbia, en cambio, posee movimientos oscilatorios. En el sur, todo es más suave: las culebras del agua, ondulándose, los follajes de los árboles, los changos en sus lianas, los enormes traseros balanceándose como los barcos cuando están atados en los muelles. Imagínate que ese bailecito lo ejecutarán en ti cuando te montan…

Pero existen otros ritmos. Él prefería a las mujeres que gozan el baile y pueden trascender esos ritmos y aventurarse en otros más finos y delicados . Esos ritmos que te transportan o que te embriagan, que te sueltan de ti mismo y te hacen ir por atmósferas oceánicas, etéreas... había otras canciones que él prefería y esas eran las que lo transportaban, “por poner un ejemplo, a esas atmósferas porteñas oscuras, brumosas y melancólicas, donde casi se podía oler el mar y el aroma rancio del pascado y el licor, el moho y el semen bajo la lluvia y la luna, cruzado por ráfagas del penetrante olor a la sangre de los anhelantes corazones destrozados. En uno de esos sitios donde las putas y los marineros inspiraron a Jacques Brel a cantar con dramatismo habitual, “mean como yo lloro sobre las mujeres infieles”. “Amsterdam”, se llama esa canción pero bien podría ser Lisboa, Rio de Janeiro, Sidney o Coatzacoalcos o cualquier región salitrosa de su corazón”.

Él aprendió a gozar esa música, pero en los momentos en que el corazón se le retorcía y por alguna razón se masoqueaba, elegía para sí mismo otra esa música arrastradita del desierto tan cercana a su espíritu que escuchaba cuando los vientos sirocos de agosto elevaba las arenas como si fueran las almas más nuevas y que todavía se mantenían en desasosiego. Esa arena apenas sobrevolaba a la altura de un cuerpo recostado; le gustaba sentirla como si ese cuerpo, el suyo, estuviera en un salón de opio. Con la música del desierto había aprendido a irse despegando, como quien pierde el miedo a comenzar el sosegado ciclo del polvo. Esa música rodaba por los pasadizos de su ser, por esos pliegues que se mantenían en secreto aún para sí mismo. No importaba. Había en ese aire y esas almas que levantaba, un quejido, un lamento, un largo ay entre el tralalá nostálgico que nace en la garganta y ahí se demora y reverbera. No pretendía elevarse sino mantenerse un poco, ahí, en esa cuerda del aire sin asombros ni reproches. Era un lamento apacible que no expresaba gozo por el desprendimiento, pero tampoco angustia por el mundo desconocido. Y no lo sentía porque intuía que ese periodo resultaba ser el más apacible de la rueda de las reencarnaciones. Esa música le gustaba incluso para morirse.

Pero escuchando a Yo-Yo Ma, sintió que algo muy profundo se estaba removiendo por dentro con el ritmo lento y poderoso de un chelo melancólico. Sabía que un nombre le llenaba el corazón y lo hacía moverse como al mar mareado en noches de luna llena, sin embargo, temía pronunciarlo. Amor, dijo y la palabra apenas emergió de entre sus labios.

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alfredo.espinosa.dr@hotmail.com

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Fuente: manuelgandaras@hotmail.com
HEC

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“VILLANOS”.
Por: Linterna Verde



 
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