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DESILUSIÓN Y TRAICIÓN
Por: Manuel Gandara
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Por Alfredo Espinosa

La vida es la ruleta en la que apostamos todos, canta Cuco Sánchez, y en esas apuestas puede irnos muy mal.
Y es que el amor es un juego de equívocos. Veamos las estadísticas: sólo una de cada cuatro personas logra unirse con la persona que más ha amado en su vida; y, lo que es peor, sólo una de cada seis, con el paso del tiempo, se sostiene hasta el fin de sus días diciendo que esa persona fue el amor de su vida.

Es decir las parejas se unen por muy diversas maneras que no es necesariamente el amor. Resulta aterrador y enigmático saber que, independientemente de las razones por las cuales se unieron las parejas, la evolución y la posible ruptura de esa unión, es semejante si se trata de los grandes amores locos, los amores de sus vidas, o de la pareja que se une por haber coincidido en un encuentro de dos circunstancias desesperadas.

Con el matrimonio o la unión libre, las parejas intentan poseer los dos bienes mayores del amor: la felicidad y la seguridad. Raramente se logra, porque la pareja se enfrenta a múltiples adversidades. Vivir significa desilusionarse; convivir con otra persona implica un permanente deterioro del objeto creado en la mente y en el corazón. La contundencia de la realidad evidencia un sujeto muy alejado de la construcción ilusoria que los mecanismos del engaño amoroso habían propiciado.


Y es que “el amor es un juego de fuerzas donde se decide a que dios ofrecer su propia vida: al dios de la felicidad que siempre acompaña la realización de sí mismo, o al dios de la seguridad que se suele colocar junto a la negación de sí mismo”. De tal modo que la fórmula suele resumirse en lo siguiente: ser feliz pero vivir inseguro o vivir seguro pero ser infeliz.

El amor es una relación, no una fusión. Y es la conciencia lo que nos alerta a concebir que “el bien y el mal están unidos, que el placer se entrelaza con el dolor, la maldición con la bendición, la luz con la oscuridad, porque todas las cosas están encadenadas, entrelazadas, enamoradas y a la vez traicionadas, sin una distinción visible, porque el abismo del alma que las implica a todas, quiere que así se ame al mundo”.

La conciencia nos permite discernir de un tajo entre el bien y el mal, pero lo hará con más dificultad en las zonas penumbrosas donde la luz se entremezcla con la oscuridad. Cuando la conciencia se rige con un marco devocional, o un código ético rígido, la persona calificará de manera poco flexible ciertos actos o conductas. Y no podrá entender la mayoría de los actos humanos que se mueven en la zona umbría de la vida. Nietzsche hablaba del “humano, demasiado humano” para denotar que los actos de las personas por insólitos que nos parecieran, por más perplejidad que nos causaran, pertenecen a la naturaleza humana y que por tanto todos los humanos, en determinadas circunstancias, podríamos vernos tentados u obligados a llevar a cabo ese acto que, desde las gradas de espectador, nos parece aborrecible, absurdo o impresionante. Pero en cuanto la conciencia expande sus capacidades para reconocer la realidad encontrará junto a las flores, las espinas, y muy pronto se convencerá de que el mal, como el bien, están ahí, juntos, en la confianza, en los pliegues ocultos del amor, en la intimidad de los amantes y en los lugares donde jamás hubiéramos sospechado.

Conciencia significa tener el conocimiento de que toda persona es humana, demasiado humana, que todo posee dos caras, y como el día tiene la noche, la seguridad, la duda, y toda superficie su doblez. De hecho, apunta Umberto Galimberti, “doblez y duda comparten la misma raíz, como en alemán zweifel (duda) y zwei (dos)”. Y añade “no es la conciencia la que tiene dudas, sino que es la duda, como descubrimiento del doble aspecto de lo real, la que abre la conciencia”. A propósito Jung escribe: “La duda expresa la escisión de la unidad originaria, por lo tanto el Uno debe ser integrado por Otro”.

La escisión, palabra clave. Entre los dos que se aman, deseando ser uno, o más de dos, está la duda, no sólo como aspecto siniestro, siempre amenazador, sino como una oportunidad para indagar la identidad de lo amado: “¿quién eres, amor, por qué tú”? y leer su corazón y saber de sus necesidades y desconsuelos, y también de aquello que lo haría cantar y entregarse, o al contrario, huir y buscar otros nidos.

La traición, consumada o imaginada, siempre lacera la confianza. Pero, ¿cuál confianza? ¿Aquella que se cultiva con solidaridades, proyectos, afectos, acompañamientos, o ésa otra, pasiva, definida por contratos de matrimonio, rutinaria y anodina?

Con frecuencia, la infidelidad marca el acto de nacimiento de la conciencia, con la que nos despedimos de la beatitud y de la seguridades infantiles y se comienza a vivir como adultos en la realidad real, donde se posee la certeza de que las personas son atractivas y deseables para otros, y también son susceptibles de sucumbir en las tentaciones del deseo, la curiosidad, la experimentación o el despecho. Antes no había más que lo que tenía en casa; ahora, en cambio, se mira el menú, y se les empiezan a antojar los segundos platos o los postres.

El amor maduro se puede convertir así en una amenaza; pero todo amor es un amor amenazado. Sin embargo, si las personas no terminan dominados por la paranoia del control y los celos, podrán arribar a la mejor atmósfera que la pareja puede respirar: la libertad y la confianza.

Sin embargo, la infidelidad ronda todo el tiempo esperando un momento de fragilidad de alguno de los miembros. Pero sin saberlo, quienes sufren esa deslealtad, han estado persistentemente trabajando para que la traición se lleve a cabo.

El proceso de trabajo, la crianza de los hijos y los compromisos familiares son tan demandantes que terminan por descuartizar y fragmentar a los miembros de la pareja. Y quizá uno de los problemas más graves es que sólo tiene tiempo para proveer y criar a los hijos, olvidándose con frecuencia que nadie cuida de la pareja sino la pareja misma. Se ve tan natural que cada quien cumpla con la responsabilidad designada que no se abren espacios para el cuidado para la otra persona. Y esas demandas silenciosas e insatisfechas provocan una importante vulnerabilidad.

En las revisiones que de su historia afectiva hacen las parejas vulneradas con el acto desleal sobresale en algunos la sorpresa porque tenían la convicción de que todo estaba funcionando “bien, y de acuerdo a nuestros objetivos”. Y aún reconociendo los conflictos “naturales” del matrimonio, están seguros de haber desempeñado bien los roles que les correspondía. Y generalmente dicen la verdad. Otros, en contraste, reconocen que en todos los ámbitos de la relación había distanciamiento y enfriamiento. En la cama, en la mesa, con los hijos y los amigos, en los proyectos.

La infidelidad, aunque casi nunca se justifica, casi siempre se explica a partir del deterioro de las distintas áreas del amor: la comunicación, el cuidado, la pasión… Y de pronto, el alma, los brazos y las piernas, las puertas, abiertas para ti, se cierran:

Todo tiene mudanza. Una persona cambia permanentemente y en estas metamorfosis exigen un reacomodo en la relación. Y si esto no logra leerse en el corazón del otro, estará abriéndose una de las puertas al infierno.

El descubrimiento de la infidelidad no sólo pone en evidencia esa otra relación sino las deficiencias que ha ido arrastrando y acumulando la pareja original. ¿Qué busca quien traiciona? ¿Divertirse, acompañarse, trasgredir códigos, agredir y agredirse? Parece que las razones son más profundas y casi siempre oscurecidas a la conciencia de la persona desleal. Y tienen que ver con el deseo de no anularse en el otro, de salvar la individualidad, buscar desvincularse de una determinada pertenencia, e intentar crear un nuevo espacio de identidad.

La infidelidad suele ser un viaje fuera del nosotros, sin las obligaciones sociales, más allá de los propios preceptos religiosos, para recuperar la libertad que nos permita respirar aire fresco, crecer, enriquecerse, buscar el conocimiento de sí mismo. Aunque se tenga que pagar un alto precio.

En ese viaje fuera del nosotros, que prescinde del nosotros, es al nosotros a quien traiciona, raramente traiciona al tú o al yo.

La infidelidad nos permite decirle adiós a un estado de seguridad, a una imagen que, quizá, sólo era social y no afectiva; a las proveedurías para desarrollar el proyecto familiar a costa de marginar las cosas del corazón. Ahora ese corazón se ha roto y te hieres con los filos de tu fracaso:



La infidelidad traiciona, fundamentalmente al nosotros, a lo que Uno y Otro, tú y yo somos juntos, y juntos hemos hecho. Eso que se ha ido construyendo, incluso sin conciencia de hacerlo, por los dos, con las rutinas y cotidianidades, discusiones y reconciliaciones, y que puede ser vivido como una tumba o como un infierno, como ese matrimonio que se cree inamovible aunque se hunda en las arenas movedizas; como un vacío tedioso, o una multitud solitaria. Eso es lo que se traiciona.

Comentarios: alfredo.espinosa.dr@hotmail.com

Fuente: manuelgandaras@hotmail.com
JP



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