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JUAN GABRIEL Y LAS MUJERES: UN BUEN EQUIPO CONTRA LOS MACHOS
Por: Manuel Gandara
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Por Alfredo Espinosa

Las canciones de José Alfredo son para que el hombre las cante a las mujeres; las de Juan Gabriel, en cambio, son para que las mujeres se las canten a los hombres. Y entre más machos, mejor.
Por eso, las mujeres han sido sus mejores intérpretes. Antes de que este fenómeno emergiera, las mujeres cantaban composiciones de varones dedicadas a mujeres y muchas veces sus bravías voces se transvestían al respetar el género con que fueron compuestas, por lo que se dirigían apasionadamente a las propias mujeres sin que asomara la mínima duda de sus identidades sexuales. El respeto al código masculino era la ley y las mujeres se sometían a él.

Juan Gabriel elige a las mujeres como sus más fieles interpretes. ¿Halla en sus voces y sensibilidades mayor afinidad que con los hombres?, ¿halla en sus voces la voz de su alma? ¿La indiscutible fuerza que adquirieron las mujeres en ese tiempo decidió que ellas las cantaran?

Indudablemente, Juan Gabriel continúa la saga de los compositores más populares de México, aunque con sus diferencias: mientras que para Agustín Lara la mujer alabastrina podía, con un mal paso, enfangarse y perderse en amoríos de arrabal nunca bien vendidos; para José Alfredo Jiménez, la mujer era una paloma negra, la ingrata que terminaba siempre yéndose con otro; en cambio para Juan Gabriel los sujetos del amor son ambiguos. Uno de ellos, el de buen corazón, es engañado, y el otro, farsante y enredado en las fintas del amor ajeno, terminaba convirtiéndose en inocente y pobre amigo.

Las mujeres lo dicen todo más claro y Juan Gabriel no sólo canta lo que deseamos decir, sino también con el tono con el que lo queremos decir. El matrimonio entre la melodía y la voz se entienden como si fuesen amantes y logran trasmitir la variedad de sentimientos y matices de su expresión. La burla, el sarcasmo, la colilla de una cascabel se arrastra en el coraje y en la revancha y el desquite de una vieja afrenta. Cuando los hombres van por la leche, las mujeres vienen con el queso. Inocente, pobre amigo, ¿crees que tú que no me daba cuenta de la tonta que te quiere? Lo que pasa es que no quiero más problemas con tu amor. No sabes lo que te espera, esa que hoy te ama es una farsante, yo te lo advertí, por las buenas soy muy buena y por las malas, muy mala:

Yo creí que eras buena, yo creí que eras sincera

yo te di mi cariño, resultaste traicionera,

tu me hiciste rebelde, tú me hiciste tu enemigo,

tú me traicionaste, sin razón y sin motivo...

...y te doy mi palabra de honor

que de mí no te burlas

yo te juro por todo lo que sucedió

que te arrepentirás de este mal que me has hecho

¿Sabes qué? no descansaré hasta verte a mis pies...

El ambiguo sujeto del amor

Pese a lo prolífico, Juan Gabriel se muestra obsesivo en sus composiciones: el ambiguo sujeto del amor, a quien le canta, es un tú que casi siempre queda sin declarar su género; y ese tú es objeto de amores desmedidos o de odios igualmente desmesurados. Su amor es un amor que no dice su nombre. Con él se confirma que el amor no tiene sexo sino buenos afectos. Se ama –o se odia– a la persona que provoque esos afectos, independientemente del sexo que posea.

¿Pero qué sucede cuando el amor materno, que debía ser incondicional, se niega? La madre, su primer y más perdurable amor, incumple con la función de enseñarle al hijo, con hechos cotidianos, el sentimiento amoroso, y esa deficiencia provocará una catástrofe afectiva. Una de las consecuencias de este acto traumático es que dificultará el proceso de estructuración de la personalidad y ella misma, la madre, se convertirá en una mujer aniquiladora. Negar el afecto es también un modo de castrar.

Casi todas las canciones parecen remitirse a la primera experiencia amorosa. Los traumas vividos con la madre los reedita en sus posteriores relaciones y en sus canciones. Pero ¿a quién le interesa de dónde nace la inspiración? Juan Gabriel, cubre las necesidades emocionales de las mujeres y ha logrado que se enamoren miles de hombres y mujeres.

Las mujeres ante las cuales se ha rendido Juan Gabriel son mujeres poderosas. Siente por ellas una especial fascinación. Mujeres que lo aceptan después de haberlo rechazado o a quienes conquista después de haberlo intentado en varias ocasiones: María Felix, Rocío Dúrcal, Lucha Villa, Lola Beltrán. Ellas, cuando alcanzó la fama, le otorgan su afecto y reconocimiento y le ruegan para que les dé una de sus canciones. ¿Buscaba que ese mismo proceso se repitiera con su madre?

¿Cuántas veces mendigaría el amor a su madre y ésta, por muy válidas que fueran sus razones, se lo negaba? Esta necesidad imperiosa se evidencia patéticamente en una composición que canta a dúo con Rocío Dúrcal donde manifiesta su indigencia afectiva. Ahí implora migajas de amor, al mismo tiempo que hace responder a la cantante lo que en realidad ocurrió en la infancia:

—¿No tienes nada, nada, nada,...

—Que no, que no...

Juan Gabriel entiende el amor como una regresión a través de la cual vuelve a tener la oportunidad para que sus parejas le otorguen aquello que en la infancia le fue negado: bondad, cuidado y guía. Encuentra la felicidad cuando obtiene afecto, pero al mismo tiempo que lo agradece teme perderlo, e implora –y ofrece su vida a cambio– para que nunca lo abandonen.

Tú me sabes bien cuidar,/ tú me sabes bien guiar

Todo lo haces muy bien tú,/ ser muy buena es tu virtud.

Cómo te puedo pagar/ todo lo que haces por mí,

Todo lo feliz que soy/ todo este inmenso amor.

Solamente con mi vida/ ten mi vida, te la doy,

Pero no me dejes nunca, nunca, nunca,

te lo pido por favor.

¿Qué daño te hago con quererte?

¿Desde dónde canta Juan Gabriel? Desde un yo victimado que pese a sus heridas, declara como su único patrimonio inenajenable a un corazón noble y bondadoso. Reconoce antiguos sufrimientos, desengaños actuales y sufre por ellos pero se reserva el derecho del desquite. Juan Gabriel ríe al último y mejor, y en la revancha exhibe una alegría morbosa y contundente contra quien resulte responsable por abandono, humillación, burla, ofensas. Y lo canta con una afectividad sin matices ni medias tintas.

Cuando Juan Gabriel proyecta sus afectos en sus canciones lo hace con ambivalencia, es decir, con una disposición mental y emocional en las que manifiesta al mismo tiempo y ante la misma persona o situación, sentimientos diametralmente opuestos y actitudes totalmente contradictorias: amor y odio, temor y deseo, culpabilidad y justificación, orgullo y menosprecio de sí mismo, etc.

Pero como no se atreve a odiar directamente a la persona que lo frustró al negarle los abrevaderos afectivos de la infancia, orienta esos sentimientos malsanos hacia otras personas que, habiéndolo desengañado en posteriores experiencias amorosas, se convierten en los sujetos idóneos para el desquite de Juan Gabriel. Además se podrá dar el lujo de contrastarlos con el amor de una madre idealizada, muy lejana de la real.

Sin embargo, Juan Gabriel ha demostrado su nobleza al considerar el amor materno, pese a todo, como el más importante. En público acepta sin juzgar el comportamiento de la madre y lo ensalza y lo idealiza. Estando en Madrid cantando, con Rocío Dúrcal en primera fila, Juan Gabriel dijo: “quiero dejar constancia de una cosa aquí en Madrid; que yo no fui quien resucitó a la señora Dúrcal, porque yo no soy nadie con ese poder para resucitar a una persona, porque si eso fuera, preferiría resucitar a mi madre que tanto quiero.”

¿Existe hipocresía en esas declaraciones? Es difícil saberlo. Lo que sí es claro es que con esas palabras el público se le entregará. Pero ya sabemos que lo público, para un artista, suele corresponder al ámbito de las necesidades del mercado y de la imagen; lo privado, en cambio, a lo psicológico y emocional. Y en ese último espacio, Juan Gabriel no parece no ser congruente con los buenos propósitos públicos. En el ámbito privado ha deplorado y criticado a su madre.

Los psicólogos revelan que si el sentimiento de odio hacia una persona causa angustia, el yo puede facilitar la salida de amor a fin de ocultar la hostilidad. En estas circunstancias, el amor es una máscara que encubre el odio. Ante la dificultad para expresar su malestar contra la madre, se vale de otra para adjudicarle el odio que, en realidad, fue generado por la progenitora. ¿Qué distingue el amor como formación reactiva del amor verdadero? El principal rasgo distintivo del amor reactivo es la exageración: es excesivo, exorbitante y afectado. Otra característica es su compulsividad. Se habla constantemente del tema sin variaciones ni flexibilidad, y se le otorgan elevados ideales de virtud y bondad. Estas apreciaciones, sin duda, son aplicables a los afectos que Juan Gabriel suele dedicar a su madre y que despliega en sus composiciones. “Existen además otros Juan Gabrieles –confiesa él mismo– ... Sin embargo, hay uno, el más importante, el Juan Gabriel verdadero, el que realmente Dios conoce porque Él lo ha creado, el Juan Gabriel que un día se presentará ante Él; y las imaginaciones, vanidades, envidias y odios se habrán esfumado y entonces todos sabrán quien es Juan Gabriel.”

Ojalá Juan Gabriel haya dejado escritas sus memorias.

Fuente: manuelgandaras@hotmail.com
JP




 
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