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EL DEMONIO DE LA PÉRDIDA
Por: Manuel Gandara
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Es fácil decir “amor”. Pero lo que se esconde tras esa palabra solamente lo conoce el diablo.
Por: Umberto Galimbert


La pareja es un mundo por sí misma. Dos desconocidos deciden compartir “cama, sueños y macarrones” –canta Serrat en el desdichado “Romance del Curro el Palmo” - y el aire de respirar, agregaría yo. El amor es, sobre todo, un acto de libertad incluso en su deseo de esclavizarse. El amor alimenta al ego, o más precisamente, al narcisismo. El enamorado cree que ese relámpago amoroso es un milagro que solo le ocurre a él (a ella), por ser ellos, lo cual lo hace único e irrepetible.

Nada empodera tanto como el amor.

Y de pronto, nada. Se finiquita un convenio, la palabra se rompe, lo que estaba soldado se derrite, las formas ilusorias se desvanecen. Las manos entrelazadas, las vidas juntas, se separan y toman rumbos divergentes, contrarios.

El infierno se construye en las ruinas de lo que fue y ya no puede seguir siendo.

Las razones por las cuales se separan las parejas son diversas; entre las más frecuentes se cuentan la elección de otra pareja, el incumplimiento de las obligaciones conyugales o familiares, la incompatibilidad de caracteres, los vicios, la afectación por la intromisión de familiares o amigos en la vida de la pareja, etc. Cada una de las historias develadas por la pareja posee una argumentación peculiar y contrastante cuando se tiene oportunidad de conocer las dos versiones, y un final que aunque signifique una liberación, es vivido como un fracaso y, muchas veces, como una tragedia.

Desconozco las estadísticas acerca de las conductas que siguen las personas que finiquitan sus uniones de pareja, pero es frecuente que ambos o uno de ellos la sufran como perros aullantes o sean víctimas del aciago fulgor de la desdicha. Sus corazones, en ese momento, son prósperos territorios para la acción destructora de los demonios.

Y ya en el infierno los demonios se empiezan a divertir con las marionetas que en sus manos se vuelven los amantes que han dejado de serlo.

¿Qué sucedió en uno o en los dos miembros de la pareja inmediatamente después de la caída del amor? ¿Hubo la infracción del convenio que ambos en aquellas noches de amor, y en aquellos actos domésticos, confirmaban? ¿Se pincharon el ego y abandonaron abruptamente sus vuelos en un rápido y pedorreante desinfle que los dejó en el suelo como un globo roto? ¿Lesionaron irreparablemente sus imágenes sociales que presumían, sonriendo, una estable prosperidad? ¿Les resultó insoportable la idea de abandonar el protagónico de esa película y conformarse con el de un actor de relleno? ¿Se sintieron ridiculizados, burlados, porque de pronto subió a la superficie aquello que había permanecido bajo el agua viviendo con un vigor sorprendente? ¿Otro, otra, ocupa tu lugar y él, ella, le da a manos llenas, a corazón abierto, todo –y más todavía- de lo que te daba a ti?

Ya importa poco lo que se llegue a pensar. Los amantes separados viven una noche de espanto y tormenta, son perseguidos por sombras y remolinos, participan involuntariamente en juegos de montaña o ruleta rusas, se están muriendo y buscan hospedar en sus corazones las armas que los hirieron.

¿Se conocían en verdad los amantes, o siempre convivieron con un desconocido? ¿Esa persona es ésta que causa dolores insoportables? Las cualidades de la persona amada se difuminan en un parpadeo y comienza una nueva caracterización que la acerca a las de una bruja o un demonio. Y todo su ser, cuyo corazón era una colmena, ahora comienza a segregar venenos.

Todo despechado reclama a Dios como un Job atribulado: “Por qué me has puesto contrario a ti, y soy grave y pesado para mí mismo”.

El amor que engendró mundos en el enamoramiento, en el desamor los destruye. Nadie ama, con amor amoroso, a una colectividad o a un grupo, sino a una persona única. Por eso es común afirmar que “Todo drama viene del adulterio consumado”. El camino del desengaño no lleva a la salvación del Yo sino a la revelación de una vacuidad inefable e indecible; no vemos una aparición sino una desaparición: la de nosotros mismos en un vacío radiante, remata Octavio Paz. También, en tratándose de asuntos amorosos, se confirma nuestra proclividad al martirologio. Amar es una profanación, una adoración pagana. Y como Cristo amamos el dolor. La felicidad aburre, como lo sostiene Stendhal, y sólo dicta ideas vulgares. El dolor en cambio provoca emociones desproporcionadas. El infortunio excita.

“Las personas desean librarse de los sinsabores del amor, sus angustias, penas y tormentos, pero todo lo que hacen para sustraerse, liberarse y vengarse de esos dolores que los esclaviza con un lazo aun más inextricable”.

El amor es legión. Y es acaso el nombre más poderoso de los demonios comandados por Luzbel.

El amor magnifica cualidades y borra defectos; y desamor que sobredimensiona los defectos y difumina las virtudes.

¿En qué momento se apoderan los demonios del amor entre una pareja?

¿Quién, o qué, determina el tipo de demonio que habrá de manifestarse con mayor iracundia en nuestro ser? ¿Poseen estos demonios, como si se tratase de un asesino serial, un modo de herir, perturbar, matar? ¿Existe en cada persona fuerzas inconscientes que en secreto los invocan? ¿Existe un modelo que se estructura en la infancia y se reedita en cada relación? ¿El modo en que la pareja se relaciona y el tipo de daño que se hace cuando se separan determina la ruta de sufrimiento que habrán de seguir? ¿Existe en los genes un modelo predeterminado en cada persona que, ante una situación dolorosa, eche a andar una maquinaria emocional que no podrá detenerse sino hasta el descarrilamiento?

El tatuaje de la ausencia

Si tú haz perdido lo que amabas, sabrás de lo que te cuento. El demonio de la pérdida arrebata a quien ama, su bien más preciado, y el mundo en el que vive de desploma sobre él, y el piso que lo sostiene se abre bajo sus pies y cae en el abismo y se interna en la noche oscura del alma.

Cuando la persona amada retira su afecto, o se lo obsequia a otra, trae consigo un dolor intolerable a quien la ama, tanto que le impide respirar porque le duele el pecho, los suspiros, las canciones y “hasta las suelas de los zapatos”. Con pérdida del patrimonio amoroso se pierde el equilibrio emocional, se extravía la organización mental, se trastocan sus rutinas; a nadie atiende, no se concentra: es un zombie cuya perplejidad única y permanente le hace preguntarse por el sentido de la vida; sobreviene el insomnio, sobresalta la ansiedad, la angustia es un perro que le muerde el corazón, los llantos se desatan y se sueltan intempestivamente. Se aúlla lastimeramente porque le han arrebatado aquello en que fundaba su propia vida.

La separación le arranca el corazón y se lo quiebra. Se apaga el sol y lo envuelven sombras tenebrosas. Aunque haya tenido indicios de que esta catástrofe se venía venir, en su embotamiento no logra comprender los motivos del abandono ni puede asumir los estragos que la pérdida le acarrea. Quien sufre se vive como víctima de acontecimientos inexplicables. Su apuesta vital sufre un revés descomunal. Sus emociones se quebrantan, su valía personal se arrastra y se escabulle por las coladeras rumbo a los drenajes profundos, siente un empobrecimiento absoluto que lo coloca al lado de los mendigos afectivos que suelen rezan “De lo perdido, lo que aparezca”, y buscan la reconciliación, las manos que lo curen, pero encuentran solamente las mismas armas que los han herido.

Con los vidrios de su corazón roto se hacen tatuajes para distraer los huecos de la ausente.

Añora los espacios domésticos y sus rutinas que detestaba y que ahora sabe que constituían la anodina dicha conyugal, el piso donde se apoyaba. Es, indudablemente, la derrota de la costumbre y el triunfo de la novedad; quien pierde el amor padece en carne viva la inconstancia del amor. Y el amor cuando cae, arrasa con la casa, los hijos; mutila los sueldos, reparte patrimonios, abandona en su cuarto oscuro a los sufrientes.

La creencia de estar unidos para toda la vida de disuelve en el ácido de la palabra no. La pérdida del amor es una espina clavada en el corazón, una mutilación, un golpe brutal que te hace pensar que no volverás a caminar, o un naufragio que te hará decir como Petrarca cuando se sentía desasido de la mano de Laura:

“¿Cómo tienes tanto poder sobre mí, sin mi consentimiento?

Entre vientos tan contrarios, sobre una débil barca

Me encuentro sin timón, en alta mar”.

(Los libros de este autor, Alfredo Espinosa, se encuentran a la venta en Librería Kosmos: Neri Santos 111. A un lado de las Fuentes Danzarinas)

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Por: Jaime Garcia Chavez.
Por: Linterna Verde



 
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