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EL AMOR POSEE UNA RECÓNDITA DIMENSIÓN TRÁGICA
Por: Manuel Gandara
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Alfredo Espinosa

La mayor felicidad es cuando dos se funden en uno; y el peor infierno es cuando dos juran ser uno pero resultan, por lo menos, tres.

Y tú estás en el infierno.

¿Cómo pudiste creer que podrías dirigir a la legión de los demonios turbulentos como si se tratara de una recua de semovientes? ¿De dónde te vino esa ingenuidad de creer que domeñarías las mareas del plenilunio con sólo cerrar la ventana para no mirarlas? ¿Cuándo tuviste la ocurrencia de pensar que vencerías las fuerzas gravitacionales y a los campos magnéticos de tus emociones?

La neta, mírate en el espejo y reconócelo de frente: fuiste un pendejo. Pero consuélate: el amor que te despojó de tu armadura con un suspiro es causa también de la caída de los reyes y de los grandes imperios.

Sin embargo, ¿quién te quita lo bailado? ¿Existe algo más hermoso y enigmático que realizar un acto de vida que contradiga todos los saberes que has acumulado?

Ella era una espina en el corazón; quisiste arrancártela y ahora ya no sientes el corazón.

El dolor ha sido un maestro sabio. Ya sabes que el núcleo de lo trágico está en la posesividad. Mía, mío, son palabras malditas. Pero, ay, cómo extrañas la intimidad que tenías cuando se pronunciaban esas palabras. Estabas soldado a ella y te han desprendido. Escucha a Yehuda Amijaí, poeta hebrero, y reconócete en su experiencia:

Amputaron

tus muslos de mi cintura.

Para mí serán siempre

médicos. Todos ellos.

Nos desprendieron

al uno del otro. Para mí son ingenieros.

Lástima. Éramos un buen invento

amando. Una avión hecho de un hombre y una mujer

con alas y todo:

nos elevamos un poco de la tierra,

volamos un poco.

Has aprendido que el amor es un milagro y que la pérdida de la persona amada es un tormento insoportable. Has recorrido otros senderos y la magia con que ella te hechizaba no la encuentras en otros lados. La vida te ha enseñado dos cosas incuestionables y fulminantes: el amor es libre y la naturaleza humana es polígama. Ambas cosas las has comprobado y como tú, todos los demás. ¿Quién resulta más hipócrita: aquel que se mantiene ligado a una persona, aún sin amarla, por respeto a un juramento o a un contrato civil; o aquella que decide vivir en el clandestinaje un amor tórrido que desborda las cauces socialmente aceptados? Cualquiera que sea tu respuesta nadie se salva de comprobar que el amor es libre. Vuela, sí, aunque nunca se sabe si se eleva o cae. Respetar la libertad, no la tuya, sino la de la persona que amas, es a comprender el amor sin adjetivos.

¿Te acuerdas cómo estuvo el final de tu historia? Te dio por mandarle flores, por acosarla con telefonazos, dejarle recados, de llevar un registro minucioso sobre los detalles de su vida, por buscarla y vigilar sus pasos, de contratar un detective, de llevarle serenatas, de hincarte e implorarle que regrese contigo, de dejar todo lo que tienes para seguirla o irte a donde sea pero de su mano. Intentas ser su amigo, darle lo que tienes, lo que necesita. Eres capaz de hacer el ridículo y sentirte orgulloso de ello. Haces panchos y chantajeas. No te das cuenta de que, hagas lo que hagas, no habrá una segunda parte; que aquello que podría consolarte ya no pueden seguir dándotelo. Luego compras una pistola para matarla o matarte o matar a alguien más.

Eso que creías que solo podría sucederle a aquellos que miras, al día siguiente, en la nota roja de los periódicos, te puede ocurrir a ti. Ahora estás convencido de que el amor hace de cualquier persona un criminal o un suicida. Puede que exista más amor en la nota roja de los periódicos que en las de sociales.

El amor posee una recóndita dimensión trágica.

Si logras sobrevivir a tu misma violencia, a la separación, a la pérdida de lo que más amabas, andarás enlutado, huérfano, viudo, amputado; comenzarás por ver al mundo tal cual es: opaco, borroso, soso, sin chiste. Habrás perdido la magia. Mirarás a los otros como simples zombis, cadáveres ambulantes, calaveras en progreso. Tú estás herido y sangras en un campo de batalla en el que los demás han claudicado. ¿Qué sentido tiene el sinsentido? Y comienzas a morir, es decir, dejas de soñar, desear, imaginar, crear. Tú, que te embriagabas con los dioses y departías con los poetas, que un simple motel se transformaba en una selva de deseos y un pedazo de desierto, cercano a un basurero, se convertía en una suite del paraíso; tú que sentabas a la belleza en tus rodillas y leías en su cuerpo el poema más hermoso mientras que los demás ojean los periódicos, tendrás que abandonar la parvada: una pedrada, en pleno vuelo, te quebró las alas.

Ya en tierra tendrás que unirte al rebaño, a la recua, a la manada. Tú que volabas, jalarás el arado.

The dream is over. Se acabó la fiesta. Mandas un ramillete de flores aunque sabes que la persona bienamada la pondrá sobre la tumba de lo que fue el amor, cuando tú quisieras que la colocara en algún florero de la esperanza para que, un día cualquiera, renazca aquel sentimiento que te ha perdido.

Envejecerás, empezarás a morir: la magia ha terminado. Toda habrá cambiado. Aquello que tu alma anhela persistirá en tu corazón y se demorará en tu memoria. La nostalgia de aquel amor, mientras tomes café o te enfangues con tequilas, tu corazón se convertirá en un puñado de semillas amargas.

Se revaloran las cosas pasadas, se rescatan los tiempos felices, y por más relaciones que se experimenten, por más parejas que pasen por tus brazos, no podrán ser igual. Nadie como la persona amada. Quieres recuperar tu serenidad y no atinas pese a que haces ejercicio, te metes a los templos, recuperas amigos, te diviertes. Ensayas recetas inútilmente. Yo te voy a dar una:

Para que te entre el sueño

ponte con gotero

una luna en cada ojo

Para lo oscuro del alma

tómate dos

cucharadas de luciérnagas

(Ya nadie te enviará en las cartas

tres besos tuyos

para endulzar tu café)

Di que tienes fiebre

cuando hables solo

o te estremezcas sin sentido

Y sobre todo no recuerdes

no enredes tu corazón

en los alambras de púas

La nostalgia no se cura

Pero una mañana, de pronto, la herida deja de sangrar, aunque aun no cicatrice. Cierto que en tus momentos de nostalgia el paraíso tiene en ella su ubicación precisa, pero un día, de repente, te sientes curado y libre. Ya no duele el corazón. Abres la ventana, pronuncias su nombre con dulzura, sin rencor, y como si la miraras le dices que le agradeces su tiempo, su amor, su pasión, el mundo que compartió contigo. Deseas que sea feliz aunque no sea contigo. Le dices cosas sin importancia, triviales, me gusta el buen café, las tardes lluviosas, mira nomás como pasa el tiempo, ¿escuchas el trino de los pájaros?, hace calor, ¿recuerdas este poema?, soy tuyo para siempre, ¿va bien tu escuela?, baja esa cortina, ¿ya afinaste el coche?, ¿están bien tus hijos?, te amo…

Ella te llegará con el perfume de las horas felices.

Así es la vida

Quedan las brasas. ¿Volverán a arder o se terminaran por apagarse?

No cabe duda que el dolor es el maestro más sabio. Amando aprendemos más que los filosofos y aúllamos con las canciones.

Las mujeres se encuentran en el café, o reventándote en un antro y filosofan de su tema favorito diciendo: “¿Creen que no sentimos, que no nos duele, que no se nos rompe el corazón?”.

—Son hombres —responde la amiga—, qué puedes esperar de ellos si no tienen corazón.

Una mujer llora, otra consuela:

—¿Qué esperaba de los hombres, comadre? —siguen en sus disquisiciones, hasta que concluyen rotundamente las mujeres:

—Los hombres son una bola de cabrones.

—Así es la vida, comadre, así es la vida.

Mientras que tú, macho triste, sobre arenas movedizas de una cantina y ya el pantano llegándote hasta el cuello, y tú sabes como es esto, la vida yéndose con las copas, querido amigo, “qué te ha dado esa mujer que te tiene tan engreído”, y así se te va enfangando el alma, desinhibiendo la memoria herida, recordando a la persona amada, a la gema que Dios convirtiera en mujer para mal de tu vida, que es más hermosa cuanto más te emborrachas; a ella, la más ingrata, la más puta, la más hija de la chingada, ay, a ella, la más amada de todas.

—“Todo lo que yo amaba estaba en ella” —intentas cantar pero haces pucheros y antes de echarte a llorar alcanzas a decir—: pinches viejas.

—Así es la vida, compadre, échese otro trago.

“Y que me traigan más botellas,

para quitarme este sabor de su sudor.

Y que me apunten en la cuenta

toda la desgracia que dejó.”

(Fragmento de “Amor, miel y veneno”.)

alfredo.espinosa.dr@hotmail.com

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